Nacido unos 700 años antes que Jesús, Zoroastro fue uno de los grandes reformadores religiosos, como Buda o Confucio. El autor analiza la doctrina de este profeta persa.
Clarividente, astrólogo, reconocido por la Historia nada menos que como el inventor de la magia, Zoroastro, profeta persa (actual Irán), nacido unos 700 años antes que Jesús, fue uno de los grandes reformadores religiosos, como Buda o Confucio.
Fundador de una doctrina nueva donde la persona es la criatura suprema entre todas las que habitan la Tierra. La enseñanza zoroástrica resulta, antropológicamente, un humanismo mágico. Coloca a la especie humana como centro cósmico, siendo el Universo el escenario de la eterna sucesión de batallas entre la vida y la muerte; lo que permite la paulatina pero ineludible evolución hacia el triunfo definitivo de la vida.
El humano alcanzará la inmortalidad en su propia vida terrena cuando consiga sacar de sí cualquier influencia del Mal. Entonces su capacidad creadora alcanzará la totalidad de su esplendor y ejercicio de posibilidades, igualando lo humano a lo divino.
Los Magos mencionados en el Nuevo Testamento, quienes llegan a Belén buscando al Niño guiados por una estrella, son sacerdotes persas cultores del zoroastrismo, lo que les permitía leer las señales del firmamento.
La visión zoroástrica del mundo tiene como piedra angular el valor de esta vida, y la posibilidad que encontrará, quien reciba y practique sus enseñanzas, de realizar en esta existencia una transformadora renovación de su propio ser, hasta lograr un estado tal de pureza que le permitirá usar libremente y a voluntad sus fuerzas activas y creadoras.
Esta persona será capaz de utilizar las potencias que brinda el espíritu, obteniendo facultades extraordinarias, como la capacidad para encontrar cuál es el rol y función que le cabe en la Gran Arquitectura Universal, que la tradición atribuye al mismo Zoroastro. Es decir, algo que supera ampliamente a lo terreno llevándolo al inimaginable universo de lo eterno y trascendente.
Este trabajo personal, que sólo puede hacerse siguiendo a un maestro (la conocida relación entre maestro y discípulo quien –antes o después– habrá de superar al maestro), permite el paso de una existencia limitada por la frontera de la muerte física a una de desarrollo trascendente: la renovación en la cual es posible alcanzar la vida eterna en una concepción imposible de comprender sólo a través de los cinco sentidos.
Tal proceso es simple, pero requiere constancia, perseverancia y acatamiento total a las reglas cósmicas: las leyes universales. Sólo la obtención del estado de pureza permite esa visión anímica, que –como se ha dicho– es sin la intervención de los cinco sentidos. Requiere si, de lo que hoy en día llamamos las facultades parapsicológicas tanto como de la intuición y de prestar atención a lo que, usualmente, se denominan “las voces interiores.” La visión zoroástrica del mundo tiene como piedra angular el valor de esta vida.
Lo que la Parapsicología actual llama fenómenos extrasensoriales: telepatía, clarividencia y precognición. Un estado psíquico tan particular que el protagonista puede, a través de su deseo, modificar su situación concreta y la del mundo exterior. Es la adquisición de un poder mágico por excelencia.
De acuerdo con la escasa información que hay, puesto que como toda orden iniciática los seguidores de Zoroastro no escribían al respecto ni tampoco hablaban de ello con profanos (entendiéndose por tales quienes se encuentran afuera del templo), los procedimientos para llegar a ese estado de pureza requerían de diversas prácticas rituales, recitado de mantrams o palabras sagradas, aplicación de fórmulas esotéricas y ejercitaciones que hoy llamaríamos de control mental.
En el zoroastrismo no hay temor, ni pecado, ni ofensa divina, en el hecho de que los humanos queramos ser como los dioses, deseo que habita en cada uno de nosotros. Llegado a este punto, recordemos que prácticamente todas las creencias refieren a que somos “a imagen y semejanza del Creador.” Zoroastro se puso llevar esa certeza al ejercicio práctico y la vivencia personal. De cada uno depende.
Antonio Las Heras es doctor en Psicología Social, magister en Psicoanálisis, parapsicólogo, filósofo, historiador y escritor. www.antoniolasheras.com
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