La imaginación disparada cuando era chico con los libros de Emilio Salgari y Julio Verne le marcaron un destino aventurero que lo llevan a escalar montañas y recorrer el mundo para aprender de otros y de sí mismo.
Dueño de un bajo perfil propio de quienes honran la introspección, Jorge Ruibal aclara que su ligazón con la aventura y los grandes desafíos para nada lo convierten en una suerte de Indiana Jones de carne y hueso. No obstante, escalar montañas y explorar los aspectos no conocidos de un mundo a la vista, lo acercan a la sabiduría liberada en el viento, el polvo de los caminos y la gente de aquí y de allá.
“La aventura me hace sentir vivo”, precisó Jorge, que además de ser comerciante en un trabajo hecho a su medida porque lo lleva a viajar mucho, es maestro de Reiki, cinturón negro de artes marciales, forma parte de un grupo de motoqueros e integra la Asociación Andinautas, con la cual encara excursiones y ascensos a las montañas, que dicho sea, las reconoce como muy buenas amigas.
“Ocurre que uno establece con las montañas un vínculo muy espiritual y mi experiencia me dice que las veces que he escalado siempre me han protegido”, señaló este viajero incansable de 58 años a HISTORIAS DE VIDA, en su oficina situada en el barrio de Mataderos.
Pero fue Munro el lugar en el que nació y donde muy lejos de la tecnología con que un chico de hoy se entretiene, se contagió de la magia aventurera narrada en los libros de Emilio Salgari y Julio Verne, a lo que se sumó la gravitación de su padre, también dominado por el ansia viajera que, en su caso, consumaba tanto por trabajo como por placer.
Jorge admite que los viajes de su papá al lugar que fuera le generaban “fascinación” y echaban combustible a un espíritu inquieto que lo impulsaron a capacitarse como piloto comercial o hacer todo tipo de cursos de supervivencia y primeros auxilios.
Nadie en la vida lo ha comprendido como su esposa, Estela Ferris, con la que tuvo a sus tres hijos Jorge Cruz, Melody y Ailem, en eso de respetar los espacios y tiempos que su marido requiere para sentirse completo, libre y feliz. No sólo como asistente en distintas aventuras sino también al permitir más de una vez que la soledad sea quien acompañe a su marido.
De hecho, el último viaje a Nepal y la India de hace dos años fue una de esas ocasiones en las que Jorge, si bien inició con un grupo de Andinautas integrado por Marcelo Linoski, Florencia y Rosa María Torlaschi, y Gustavo y Silvia Pifalrre, emprendió después en solitario un recorrido cuyo destino final era tomar contacto con lo profundo de su ser.
Primero, el exigente circuito del Anapurma hasta Pon Hil. Después Nueva Delhi, India, vía Katmandú, conformaron un periplo distinto. “Tenía la necesidad de un viaje introspectivo y a eso fui”, apuntó.
Con el señalamiento de su maestra espiritual que la había dicho “cuando tengas que entender, lo vas a hacer”, Jorge buscó en todo ese trayecto el punto de conexión íntima que concretara esa adquisición de conocimiento.
Fue en una mezquita de un pequeño pueblo musulmán en la India donde a Jorge lo invadió una intensa congoja y lloró desconsoladamente por largo tiempo. Quizás fue necesario que tras tantos viajes en los que vio monasterios budistas, iglesias y sinagogas, accediera emocionado a lo que buscaba, tal como su maestra le había anticipado. “Fue algo muy fuerte porque en ese momento concluyó- entendí que en realidad Dios está dentro nuestro”. Entonces, llegó a destino.
En la vida de Jorge Ruibal hay un primer gran viaje tras el cual se concatenaron otros periplos de magnitud a juzgar por la distancia y características del destino. Sin embargo, en este caso, la motivación fue totalmente diferente a las demás aunque la aventura no estuvo ausente.
Diez años antes, el padre de Jorge había muerto en un accidente vial en una ruta situada en una zona desértica, ubicada cerca de Arequipa, en Perú. “Fue en el kilómetro 228 de esa ruta cuyo número ya no me acuerdo pero a donde tenía la necesidad de ir para cerrar el capítulo de la muerte de mi padre”, precisó Jorge.
Acompañado por Estela, fue al lugar para levantar una pirca, una más de las tantas que recuerdan a víctimas fatales en esa ruta larga y monótona que une Arequipa con Camaná. Pero llegar no le resultó fácil porque ningún transporte público tiene parada allí, en medio de la nada.
“La chica de la agencia de turismo de Arequipa a la que consulté -recordó- me recomendó un remisero que me preguntó para qué quería ir ahí y se sensibilizó cuando le comenté le razón”.
Con lágrimas en los ojos Jorge trajo a la memoria que el chofer no sólo lo llevó y esperó que terminara de levantar el pequeño monolito de piedras, sino que le dijo: “Todas las veces que pase por aquí, voy a parar para dejarle una flor a su padre”.
En su condición de montañista, Jorge acumula la experiencia de haber hecho varios ascensos de los que no siempre el éxito coronó el esfuerzo. Una de esas veces fue cuando subió con un grupo en el que se encontraba su hijo Jorge Cruz al volcán Lanín, en Neuquén.
En su condición de líder de expedición y a pocos metros de hacer cumbre, Jorge se dio cuenta que las condiciones no eran las mejores por lo que intentar el ascenso final podía traer riesgos. Para colmo, Jorge Cruz se había lastimado un tobillo.
“Con toda humildad nos volvimos porque ése no era el momento para subir”, precisó Jorge que reconoce que “no llegar genera frustración sobre todo cuando ves que la cima está ahí nomás”.
En ese sentido puntualizó que “la montaña siempre te deja pasar y para nada está en lucha con quien la asciende. Es el que la sube -aseveró- quien está en lucha con sí mismo contra su cansancio o limitaciones. La montaña va a estar siempre para hacer otro intento”.