La Copa del Mundo pretende consolidar la relevancia actual del gigante de Europa Oriental y la influencia de Vladimir Putin y sus políticas en el planeta. Todo el camino que transitó el país desde que se confirmó que sería sede del evento deportivo más importante hasta hoy

Resta un mes para la apertura del Mundial en Rusia, y mientras todos esperan por los movimientos del balón, detrás de escena se completa una cuenta regresiva que se inició el 2 de diciembre de 2010, cuando se confirmó la designación por parte de la FIFA para desarrollar la cita ecuménica por primera vez en ese territorio. Y fue una puerta que se abrió, desde la faceta deportiva, para resaltar la relevancia de Moscú en el reciente concierto internacional, algo que corroboró, ya en lo estrictamente político, a lo largo de estos ocho años de la mano de Vladimir Putin.

Así como sucedió en 1994, con Estados Unidos como anfitrión del evento más importante, consolidando una posición privilegiada post Guerra Fría que le permitió mostrar el salto de calidad del fútbol asociado fielmente a los lineamientos del mercado, actualmente es la otra potencia la que toma la posta y busca remarcar sus pautas al ritmo vertiginoso de los goles en las distintas canchas.

La trascendencia del hecho histórico no radica en que las semanas de puro deporte le conceden preponderancia directa a su organizador, sino, más bien, que ser sede del espectáculo mediático por excelencia reivindica el poderío en el tablero internacional con el que ya se cuenta en un momento concreto.

Rusia no es la excepción y saca rédito de esa fortaleza en las diferentes ramas, a tal magnitud que movió sus piezas en menos de una década, dándole a entender al resto de los liderazgos mundiales que está otra vez en el centro, despejando las dudas de fines del Siglo XX tras el desguace soviético.

Para que eso ocurra se torna fundamental el despliegue expuesto por Putin, un mandatario que está al frente del país desde 2000 y que, previo al Mundial, confirmó su espacio en el Kremlin hasta 2024 en unas elecciones que le concedieron cerca del 80 por ciento de aprobación.

Desde fines de 2010 a hoy se registraron un sinfín de desplazamientos que corroboraron el potencial ruso, entre ellos uno que actualmente tiene consecuencias de suma importancia: involucrarse en la guerra civil en Siria, acontecimiento que le permitió un ingreso complejo para ser elemento vital en un convulsionado Medio Oriente.

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El conflicto comenzó en marzo de 2011 con enfrentamientos entre el gobierno de Basher Al-Asad y distintos grupos opositores, amparados tardíamente en la denominada Primavera Árabe en busca de cierta democratización. Y fue recrudeciéndose con el correr de los años, especialmente con el surgimiento del Estado Islámico, base de diferentes atentados en Occidente, que aprovechó el dantesco escenario para cobijar a sus fuerzas.

¿Qué papel juega Rusia? La alianza con Al-Asad lleva un largo tiempo, pero tomó impulso mayúsculo a modo de garante de su permanencia en el poder, evitando que lo desbanquen, ya que Damasco es uno de los principales socios en la región, siendo comprador, entre otras cuestiones, de armamento, y, también porque allí está la base militar de Tartus, la única rusa de cara al Mar Mediterráneo.

Con el aval principal de Putin, desde 2015 que el presidente sirio viene recuperando las riendas de su país. Sin embargo, el bombardeo del mes pasado, llevado a cabo por Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, en respuesta a un supuesto ataque químico de Al-Asad en su propio territorio a enclaves opositores, hizo eclosión y generó total incertidumbre. Y Rusia no se quedó atrás, ya que aclaró que este tipo de emprendimiento “tendrá consecuencias”, una clara muestra de la conciencia que se tiene de su protagonismo a nivel planetario.

El otro ítem en el que Moscú posa su mirada es la crisis en Crimea y varias ciudades aledañas como Donetsk y Lugansk en plena frontera con Ucrania, donde, de 2014 a hoy, se suceden conflictos armados de distinta envergadura entre fuerzas pro rusas y las alineadas con la Unión Europea, algo que derivó en protestas al por mayor y llamados a referéndums, como el de ese mismo terreno autónomo, a mediados de marzo de aquel año, que tuvo participación de más del 80 por ciento, votando a favor de desprenderse del gobierno de Kiev y unirse a Rusia un abrumador 96 por ciento.

Tanto las potencias del Viejo Continente como Estados Unidos desconocieron los resultados, algo que sí avaló el Kremlin, firma de un convenio de adhesión incluida. Y la incertidumbre ganó espacio en un lugar estratégico: tropas rusas se movilizaron a la zona, con el argumento de salvaguardar la integridad de sus ciudadanos en una región en conflicto. En contraposición, el bando opuesto consideró eso como una intromisión.

Desde allí, el proceso de paz tuvo avances y retrocesos, con el Acuerdo de Minsk como emblema en 2015 (siendo garantes Francia y Alemania), siempre con el conflicto bélico latente, a sabiendas del accionar de los grupos afines, que muestran a las ciudades como un tembladeral difícil de solucionar.

Por lo pronto, Rusia supo mover sus fichas y ganar adeptos en una zona rica en recursos naturales y con una posición privilegiada en el mundo, que, a su vez, cuenta con un gran caudal de rusoparlantes que absorbieron el fuerte sentimiento nacionalista desplegado desde la capital.

Esa fortaleza es la que explica su ubicación relevante a nivel internacional, que se fue confeccionando a lo largo de los últimos años y que ahora, rejuvenecida y envalentonada, la tendrá como anfitriona del evento deportivo más importante de todos, confirmando su supremacía vigente.

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