El dibujo, la pintura, una madera, un pincel forman parte del ideario que lleva adelante Facundo Leguizamón. Es su forma de comunicarse, es la manera que más lo llena para dejar mensajes. Es que desde 2004 eligió el arte popular, el fileteado porteño en particular, y hoy no sólo se desenvuelve ante una pintura, sino que además tomó por la senda de la docencia.
Con 34 años, el artista de La Matanza es amante de la obra de Atahualpa Yupanqui, a la que se abraza para hacer arte. El mate humeante va y viene, León Gieco suena en el celular y la charla se va animando en un aula del Centro Cultural del Sindicato de Trabajadores Municipales de e La Matanza, en San Justo, en donde da clases de fileteado.
Y cuenta: “El fileteado es popular, nacido desde las carrocerías, no es académico, es un oficio, es artesanía, y lo hace la gente del pueblo para el pueblo. En las últimas décadas toma rol de arte, de caballetes” y revela: “Hay carreros y colectiveros que lo hacen y el prejuicio es que no tienen sensibilidad artística y en realidad la tienen y es hermoso. No entran a un museo, pero tienen poesía, que la quiere tener en su medio de trabajo. Por eso hacen fileteado, al que lo hace alguien que no está capacitado académicamente. Y es maravilloso porque es un arte del pueblo para el pueblo, ya que el consumidor de ese arte es el trabajador, el proletariado”.
Leguizamón sostiene que “el fileteado se aprende en poco tiempo pero perfeccionarlo lleva la vida” y cuando se lo invita a describir qué cosas cuenta de La Matanza en sus obras, dice: “No hay una expresión pictórica exclusiva de La Matanza. En realidad, trato de contar las cosas que nos pasan a las personas, me guío por artistas populares, pero no hay una temática matancera es más bien universal como marcaba Atahualpa”.
Sus días incluyen la enseñanza y la pintura. Lleva sus horas darle vida a una madera. Y cuando debe hablar de inspiración, el artista de San Justo, explica: “No creo en el artista genio, en que un día se levantó y le cayó la inspiración vaya a saber de dónde. Creo en la práctica constante, por eso todos los días estoy dibujando. Picasso decía que la inspiración está pero debe encontrarte trabajando y mi búsqueda va en esa línea, mi inspiración son las lecturas, las temáticas, las vivencias de la calle del día a día”.
Facundo, quien vive en el barrio San Nicolás, revela que “tengo muchas obras sin completar. Porque arranco y si no sale, quedan ahí. Pero en realidad me llenaron todas las que hice. Me pasa con las tablas es que hay un romance. Y con el cuadro terminado soy como un chico cuando le regalan un autito nuevo: se lo lleva a la cama a dormir con él. En mi caso, me vacío un termo de mate y miro el cuadro recién terminado por horas, es un espacio para disfrutar rotundamente. Es mera contemplación. Y luego arranca a los dos días un romance más”.