El dato surge de un monitoreo de fiscalías de la Ciudad y el Conurbano. Alrededor del 10% de los robos termina con víctimas heridas de gravedad o asesinadas.
Un promedio de 110 robos diarios contra conductores de aplicaciones de transporte de pasajeros, deliveries y repartidores de paquetes en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) expone la dimensión de una problemática que no deja de agravarse. El dato surge del monitoreo de fiscalías, elaborado con información aportada por empresas de transporte y delivery. Se trata del mayor temor de los 500.000 trabajadores de aplicaciones que recorren la Ciudad y el Conurbano.
La cifra incluye hechos contra choferes de Uber, DiDi y Cabify, repartidores de comida (Pedidos Ya, Rappi) y trabajadores que trasladan paquetes (Mercado Libre y otras). Los delitos van desde el robo de celulares, dinero y mercadería hasta la sustracción de autos y motos. La violencia aparece en ocho de cada diez episodios y alrededor del 10% de los casos termina con la víctima gravemente herida o asesinada.
Los ataques ocurren en distintos horarios, no sólo de madrugada, y en barrios del Conurbano y de la Ciudad. Los trabajadores suelen circular solos y deben acudir a puntos de encuentro indicados por personas que no conocen. La geolocalización permite ubicar al cliente, pero no garantiza que la solicitud sea legítima o que resulten sorprendidos.
Las modalidades se repiten y se adaptan a cada rubro. En los llamados "viajes trampa", los delincuentes piden un auto desde una cuenta falsa y esperan al conductor en un lugar elegido. A veces suben como pasajeros y lo asaltan durante el recorrido; otras, atacan apenas llega. Buscan el vehículo, el celular, la recaudación o las pertenencias. En algunos casos, incluso, obligan a las víctimas a realizar transferencias bajo amenazas.
También se detectaron bandas que simulan urgencias para vencer las precauciones del chofer. La Policía Federal informó sobre una organización que solicitaba viajes con el argumento de trasladar a una persona ante una emergencia médica. Al llegar, los conductores eran emboscados y despojados de dinero y accesorios. La investigación mostró cómo se explotan la confianza y la necesidad de trabajar.
Para repartidores y mensajeros, el engaño puede comenzar con un pedido falso o una dirección inexistente. Al llegar, quedan expuestos al robo de la moto, el teléfono y los productos. Otros son interceptados en la calle o golpeados cuando intentan resistirse. Perder el vehículo de trabajo también significa quedarse sin la herramienta para generar ingresos.
El crimen del chofer Claudio Marcelo Killing, de 52 años, en Virrey del Pino, mostró hasta dónde puede llegar esa violencia. El trabajador acababa de recoger a una pasajera cuando dos hombres armados, en una moto, intentaron robarle la Renault Kangoo. Según la mujer, uno de los atacantes se colgó de la puerta y exigió el vehículo. Killing intentó escapar y le pidió a la pasajera que se agachara. Entonces recibió disparos.
Los asaltantes huyeron y el conductor, gravemente herido, perdió el control de la camioneta, que terminó volcada en una zanja. Cuando llegó la asistencia médica, constataron su muerte. La pasajera sobrevivió, aunque quedó en estado de shock.
El caso no es aislado. En el AMBA se investigaron ataques en serie y organizaciones que elegían a sus víctimas mediante aplicaciones. Las cuentas falsas y la obligación de acudir al punto marcado pueden ser aprovechadas para organizar el asalto. Algunos vehículos robados aparecen abandonados o son utilizados para cometer otros delitos.
Con 110 hechos diarios como promedio estimado, el problema exige respuestas coordinadas. El monitoreo dimensiona una violencia más que alarmante. Detrás de cada registro hay una persona que salió a trabajar. Para quienes viven de conducir o repartir, aceptar un viaje también supone exponerse a que el próximo destino sea una trampa.