Es el delito que más creció en la Ciudad y el Conurbano durante el último tiempo. Las bandas irrumpen en las casas, maniatan a las víctimas y las golpean para exigir dinero. Cuáles son las principales modalidades de los delincuentes.
Los robos domiciliarios a jubilados se consolidaron como una de las modalidades más violentas del delito urbano en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Hay bandas ya especializadas en estos hechos, que irrumpen en las casas, maniatan y golpean a víctimas de más de 70 u 80 años para exigir dinero. El fenómeno presenta estadísticas alarmantes: en las primeras seis semanas del año, en el Conurbano y la Ciudad de Buenos Aires se registran más de un centenar de entraderas por día en sus distintas variantes.
El patrón se repite: víctimas mayores, viviendas bajas y delincuentes que actúan con información previa o tras breves tareas de observación. El nivel de violencia suele ser desproporcionado en relación con el botín, que en muchos casos se reduce a jubilaciones, algunos ahorros en dólares o electrodomésticos.
Uno de los hechos más recientes ocurrió en Parque Chacabuco, donde un matrimonio de jubilados fue sorprendido en su casa durante la madrugada. Cuatro delincuentes ingresaron por un acceso lateral, los redujeron a golpes y revolvieron toda la vivienda en busca de dinero. Además de efectivo y objetos de valor, se llevaron comida y pertenencias personales. El caso volvió a poner en foco la vulnerabilidad de adultos mayores que viven solos o en pareja.
La modalidad se repite en el Conurbano. En La Plata, un jubilado fue atado y golpeado por delincuentes que forzaron la puerta trasera de su casa mientras dormía. Los asaltantes exigían dólares y revisaron cada ambiente antes de escapar. En otro episodio en la zona sur, una pareja de adultos mayores fue reducida en su vivienda por una banda que ingresó tras saltar una reja perimetral y escapó en el auto de las víctimas.
Los investigadores identifican distintas formas de ingreso a las viviendas. En muchos casos se trata de forzamientos directos sobre puertas o ventanas traseras, sectores menos visibles desde la calle. También son frecuentes los accesos por terrazas o medianeras, aprovechando construcciones vecinas. Otra variante es la "entradera al llegar": los delincuentes esperan que la víctima abra la puerta o ingrese con el auto y la obligan a entrar bajo amenazas. No faltan los engaños, con ladrones que se hacen pasar por técnicos de servicios o repartidores para ganar acceso.
En varios hechos aparece el dato previo. Los delincuentes saben que en la casa vive una persona mayor o que acaba de cobrar. Ese conocimiento puede surgir de seguimientos, observaciones o filtraciones de información. Las bandas suelen moverse en grupos de tres a cinco integrantes, con un vehículo de apoyo para la fuga.
El denominador común es la brutalidad. Las víctimas son maniatadas, golpeadas y amenazadas para que revelen dónde guardan sus ahorros. El monto robado no siempre es alto, pero el impacto físico y psicológico es profundo. Muchos jubilados terminan con lesiones, internaciones o deciden mudarse por miedo.
Especialistas en seguridad advierten que la combinación de rutinas previsibles, viviendas antiguas y dinero guardado en efectivo convierte a los adultos mayores en un blanco frecuente. Con episodios que se repiten semana tras semana, las entraderas a jubilados siguen siendo uno de los delitos que más alarma genera en barrios del Conurbano y la Ciudad.
La elección de jubilados no es casual. Muchos viven solos, tienen rutinas previsibles y, en algunos casos, guardan dinero en sus casas. Tras los asaltos, las secuelas suelen ser graves: lesiones, internaciones y trauma psicológico. No pocos terminan mudándose por miedo.