Curiosamente, el
"Himno de la Victoria" –ese que compuso Ricardo Montaner para su amigo personal- acaso fue la única canción dedicada exclusivamente al candidato. Porque, embebida en la liturgia, hubo
marcha peronista (aunque no cantada por Hugo Del Carril, sino por los propios militantes), hubo reivindicación a la
"gloriosa JP" ("...a pesar de los muertos, los desaparecidos... no nos han vencido"), a
Cristina Fernández de Kirchner ("Si la tocan a Cristina...") y, por supuesto, a
Néstor ("Néstor vive en el pueblo..."), pero ningún cántico lo nombraba a Daniel.
Disfónico, con un empuje que aprendió a vociferar en estos últimos tiempos, Scioli habló no más de 10 minutos. Y fue suficiente:
nombró a Néstor, a Cristina y hasta al Papa Francisco; parafraseó al General, y hasta chicaneó (como nunca había hecho antes) a la oposición. Estaba cómodo y su gente, que le mostraba banderas celestes y blancas, también. Pero tampoco así obtuvo su canción ni nadie canturreó su nombre.
Con toda la primera línea del kirchnerismo (excepto
Florencio Randazzo, a quien no se lo vio por el búnker) esperando para saludarlo, el Gobernador cerró su discurso tan eufórico como cualquiera de los que estábamos ahí abajo, escuchándolo. Porque si algo tiene el
peronismo (y el kirchnerismo, por decantación) es esa fuerza que arrastra y hace que hasta el más gorila mueva la cabecita cuando suena un bombo.
Mística, se llama. Y ahí se zambulló Scioli, peronista de paladar gris al que, alguna vez,
alguien más que Montaner le tendrá que dedicar una canción.
comentar