Con floja oratoria, algo extraño en él, y con intenciones de salir con los tapones de punta –el único-, a
Nicolás del Caño fue al que más se le notó la falta de ensayo y de experiencia. El exponente del
Frente de Izquierda y de los Trabajadores tenía argumentos sólidos para incomodar a cualquiera de sus "rivales", pero el esquema de –casi- "cero" intercambio lo perjudicó.
"El Adolfo" llevó el relajo y la parsimonia del interior. Si la estrategia de Rodríguez Saá era la de pasar desapercibido, logró con creses su cometido. Lejos de utilizar la agresividad para descontarles puntos a los candidatos con mejor intención de voto, el senador no lanzó acusaciones hacia sus pares y el tiempo de exposición, cuando no le sobró le quedó corto. . –cada candidato contaba con dos minutos.
Lo que no faltaron fueron críticas al único ausente:
Daniel Scioli. Desde la organización, al sobrar tiempo por el vacío que dejó el máximo favorito de cara al
25 de octubre, le dieron a los participantes
30 segundos para que se explayaran sobre lo que quisieran.
Un poco inducidos por los moderadores y otro poco para pegarle al oficialista, los aspirantes a ocupar el lugar que deja
Cristina Kirchner tuvieron distintas estrategias. Massa, pícaro, optó por pedir
"silencio". Macri decidió cuestionar la independencia del gobernador bonaerense dentro del
Frente para la Victoria. Del Caño eligió hacer en voz alta las preguntas que le hubiera hecho. Stolbizer y Rodríguez Saá apelaron al destrato. La candidata de Progresistas sentenció: "
El que no vino a debatir no tendrá capacidad para fortalecer un (futuro) consenso".
El público pasó desapercibido. No parecía un debate argentino: ni por el nulo intercambio de ideas entre los políticos, ni por el
"Silenzio Stampa" de los 500 asistentes (según la organización). El único momento en el que brotó la "
argentinidad" fue cuando Mauricio lanzó una chicana futbolera.
"Será que River anda mal", dijo el ex presidente de
Boca Juniors, provocando el aplauso de los presentes, cuando
Luis Novaresio (uno de los moderadores)
destacó el rating de la transmisión hasta ese momento. Después, no voló ni una mosca. Por momentos, parecía que los candidatos estaban haciendo en vivo sus spots de campaña.
Los organizadores intentaron que los participantes tuvieran el camino allanado para asegurar la asistencia perfecta. Los que menos adhesión popular tenían, lógicamente, no podían desaprovechar la oportunidad; los de mayor (excepto Scioli que faltó por una mera estrategia política), distinguieron que el reglamento
los amparaba para no sufrir grandes sobresaltos.
La experiencia sirve para que dentro de
cuatro años, a quien le toque armar la movida no cometa los mismos errores.
La primera vez, como todas, es traumática. Sólo queda madurar.
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