Un popular conductor de televisión, con la pretensión de guiar a los participantes de su programa que dan respuestas no del todo incorrectas, ha acuñado una frase que se ha generalizado en la calle y las redes sociales: "está mal... pero no tan mal". Quizás pueda aplicarse también como evaluación para el primer año del gobierno de Alberto Fernández.

Una primera mirada a los indicadores económicos y sociales muestra que todos han involucionado. Claro que obviar el contexto global y local de pandemia es imposible y también, injusto. Si la herencia de Macri era pesada, el Covid-19 la agravó hasta límites casi insoportables. La incertidumbre y la falta de manuales para enfrentar la crisis sanitaria fue un fenómeno generalizado, no solo nacional.

Los resultados de la estrategia local -hasta ahora- no están comparativamente entre los mejores del planeta, pero el sistema sanitario no colapsó y para la comparación definitiva aún falta recorrido.

Mientras tanto el desempeño de la economía real estuvo entre los peores del mundo. Previsible porque el virus nos sorprendió con defensas bajas en materia de reservas y confianza fruto de una pésima política económica de la administración de Cambiemos. Pero también influyó la mala praxis del 2020, particularmente de la política monetaria, a la que a lo largo del año muchas veces "se le escapó la tortuga". (Frase que nos recuerda que estamos un poco más solos desde la partida del Diego).

Las políticas económicas y productivas pudieron articular una doble línea de cuatro que con ATP, IFE y créditos subsidiados evitaron una goleada mayor. Otra vez mal... pero no tan mal. Estas acciones, sumadas a una monumental inversión social, nos permiten llegar a diciembre sin especulaciones de desbordes y estallidos.

Claro que el fantasma del dólar y la inflación no se tomarán vacaciones de verano y probablemente agreguen sensación térmica a las ya altas temperaturas.

Quizás un acuerdo con el FMI que se concluya en el primer trimestre pueda generar efectos más perdurables que la exitosa renegociación de la deuda con los bonistas (cuyas bondades se disolvieron con gran rapidez).

Por su parte, la política ha sumado la extraña novedad de un gobierno de coalición con dos liderazgos: el estratégico de CFK y el de gestión de AF. El género epistolar de la Vice es el estilo peculiar para marcar la cancha agregando estrés y evitando a la vez que la sangre llegue al río. Como el camino se hace al andar, por momentos se nota la falta de coordinación. Contamos, al modo de la antigua Roma, con un Senado poderoso que atenúa el protagonismo del Ejecutivo.

Mientras tanto la oposición, todavía en la catarsis por la gestión del "mejor equipo de los últimos cincuenta años", puede presentar como activo la unidad de sus bloques en el Congreso, aunque no mucho más que eso. El año se les ha escapado entre los banderazos duros y los gobernadores blandos.

El expresidente tuvo que señalar a los "parricidas" de su espacio al observar que sus antiguos hijos dilectos diagraman un futuro emancipado de su figura. También para Juntos por el Cambio aplica la doctrina de GuidoKaczka.

Con el comienzo del segundo año de gestión y las elecciones de medio término en el horizonte, cabe preguntarse si la sociedad puede alentar expectativas de que sus dirigentes la lleven a los prometidos tiempos mejores o deberá resignarse a que estos se limiten a relatar los motivos y los responsables del perpetuo estancamiento.

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