Deliberadamente se intentó establecer un paralelismo entre este diciembre y el de 2001, más allá de que las circunstancias fueran diametralmente opuestas. Era parte del plan de aquellos cuyo interés no se circunscribía a la reforma previsional. En ese entonces, el de Fernando de la Rúa era un gobierno con una situación financiera en rumbo de colisión; la Alianza había quedado en estado de descomposición a partir de la renuncia del jefe de uno de los dos partidos que la componían; y acababa de perder, mal, las elecciones. Quedan claras las diferencias entre un contexto y otro, pero para muchos alcanza con llegar a diciembre para establecer la comparación temida. Le pasó también al kirchnerismo.
La violencia en las calles fue el dato suficiente para muchos, pero ahí también había diferencias: no fueron ahora marchas espontáneas, sino organizadas por sectores de la oposición. La violencia, sí, fue monopolizada por los grupos más ultras de esas fuerzas.
Por último, la actitud del Congreso fue bien distinta ahora con relación a lo de hace 15 años. Porque hay que reconocer al Parlamento de entonces como el poder del Estado que tomó las riendas para conservar la institucionalidad. Fue el responsable de que la democracia siguiera su camino, más allá del trámite fallido que terminó siendo el efímero gobierno de Adolfo Rodríguez Saá. En el caso de la semana pasada, la actitud de los legisladores distó de ser uniforme, y hubo un claro número de integrantes que trabajó afanosamente en contra del normal desarrollo del poder que ellos representan. Esto es, que jugó a “romper” la sesión, aun consciente de las consecuencias que ello podría traer. En rigor, ese era el objetivo de buena parte de estos.
Por eso el contraste es grande entre 2001/02 y 2017. Hace 15 años, el Parlamento -que atravesaba tal vez el peor momento de su relación con la sociedad- hizo todo lo necesario para evitar el abismo. Eran tiempos difíciles, y se hizo común sesionar con vallados, para evitar que las manifestaciones en torno al Congreso impidieran la tarea legislativa. Con todo, en enero de 2002 manifestantes que lograron ingresar al edificio a través de la explanada de la avenida Entre Ríos alcanzaron a iniciar un principio de incendio.
En el Congreso actual el juego de la política devino en la necesidad de evitar la sesión, a sabiendas de que el gobierno contaba con los votos para aprobar la ley previsional. Desde el oficialismo aseguran que los manifestantes que asediaban al Parlamento contaban con la anuencia de diputados de la oposición que de un lado y del otro de las vallas lejos estuvieron de colaborar en apagar el incendio. Más bien lo contrario. Se vio claro el jueves en que logró frustrarse la sesión, con el inédito desafío en el recinto a la máxima autoridad, y la algarabía final tras el fracaso de la reunión.
Pero la sesión del lunes de la semana pasada dejó tanta tela para cortar que merece un análisis minucioso. Como esta vez el oficialismo parecía tener el número suficiente, tanto para el quórum como para aprobar la ley, de entrada la estrategia apuntó a lograr el levantamiento de la reunión. Para eso se apuntó a dilatar al máximo la sesión, con la friolera de 5 horas dedicadas al planteo de cuestiones de privilegio.
Esas instancias legislativas que tienen lugar normalmente al principio de las sesiones se hicieron vicio a partir de que el kirchnerismo llegó al llano, pero nunca como el lunes 18 de diciembre.
Fueron 39 a lo largo de toda la sesión que se extendió 17 horas. La primera fue de Andrés “Cuervo” Larroque contra Elisa Carrió; luego vinieron las de Agustín Rossi, Darío Martínez, Juan Manuel Huss, Horacio Pietragalla, Vanesa Siley, María Cristina Siley, Gabriela Estévez, Marcos Cleri, Santiago Igón, Raúl Solanas, José Ruiz Aragón, Silvina Frana, Juan Cabandié, Nilda Garré, Martín Rodríguez, María Emilia Soria, Sandra Castro, Sergio Leavy, Fernando Espinoza, Guillermo Carmona, Adrián Grana y dos veces Leopoldo Moreau, por el FpV-PJ; todos los del totskismo, Romina Del Pla, Nicolás Del Caño y Nathalya González Seligra; Leonardo Grosso, Araceli Ferreyra y Silvia Horne (Peronismo para la Victoria); Graciela Camaño (Frente Renovador); José Martiarena y Pablo Kosiner (bloque Justicialista), Martín Lousteau (Evolución), Ivana Bianchi (Compromiso Federal), los monobloquistas Victoria Donda, Luis Contigiani y Alejandra Rodenas; y Elisa Carrió.
La gran mayoría de las cuestiones de privilegio tuvieron que ver con los incidentes que se desarrollaban afuera, y fueron varios los que alertaron sobre la existencia de muertos. En rigor, 19 veces se pronunció esa palabra a lo largo de la sesión. Nadie como Fernando Espinoza, que cerca de las 7 de la tarde se preguntó “¿quién nos garantiza a nosotros, los representantes del pueblo, que en el día de hoy no habrá uno, dos o tres muertos?”. El kirchnerista Igón anticipó que la gresca iba a “terminar con más heridos y hasta con un muerto”, mientras que María Cristina Britez hizo responsable a Emilio Monzó, Nicolás Massot, Mario Negri y Elisa Carrió “si llega a haber un muerto en la plaza”.
La única cuestión de privilegio desde el oficialismo fue la que presentó Elisa Carrió, alertando sobre el accionar de grupos que buscaban influir sobre un poder de la Nación.
Como dijimos, el objetivo constante y sistemático fue lograr el levantamiento de la sesión. A tal punto que 34 veces durante esa sesión se invocó el recurso del “cuarto intermedio”. Lo pidieron puntualmente Pietragalla, Cleri, Ferreira, Martiarena; Espinoza, José Ciampini, Daniel Filmus, Carmona, Analía Rach Quiroga y Grana. Además de Mario Negri, al terminar la sesión, para continuar a las 17.
De entrada nomás, el diputado del FpV Abel Furlán promovió suspender la sesión haciendo uso del artículo 40 de la Constitución con el objeto de llamar a una consulta popular sobre el proyecto. La moción fue rechazada por 133 votos contra 112.
El primer pedido de cuarto intermedio lo formuló temprano Pietragalla, y fue aprobado por 125 votos contra 111. Era por 5 minutos y se extendió a 28. Poco después, el camporista Marco Cleri insistió con pasar a cuarto intermedio por una hora, y que se constituyera una comisión legislativa para verificar lo que sucedía fuera del Palacio. La moción fue derrotada por 131 a 109.
Cuando cerca de la 1 de la madrugada el diputado Guillermo Carmona intentó nuevamente pasar a un cuarto intermedio, invocando ahora los cacerolazos, reglamentariamente se demostró que eso ya había sido votado. Ante ello, intervino la massista Graciela Camaño, pidiendo directamente votar la vuelta a comisión del proyecto. Se rechazó por 127 votos contra 107. Si en alguna de esas votaciones la masa con la que contaba Cambiemos hubiera flaqueado, la sesión podría haber caído. Es lo que pensó también Mario Negri al prescindir al final de dar un discurso, apurando la votación cuestión de evitar “sorpresas”, al cabo de una sesión plagada de minas destinadas a hacerla estallar.
Es el preludio de lo que puede suceder en 2018 y de lo que deberá haber tomado debida nota el oficialismo este fin de año que imaginaba sería bien distinto después de ganar las elecciones de octubre.
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