La monumental escritora británica, que nació hace 136 años en Londres, es la protagonista del doodle de este jueves.

Considerada como una de las figuras más destacadas del modernismo literario, la británica Virginia Woolf es la figura homenajeada por Google en el día en que se cumplen 136 años de su nacimiento.

El doodle que el buscador exhibe este jueves reproduce la fotografía de perfil que popularizó a la escritora de Una Habitación Propia alrededor del mundo. Fue precisamente este libro, que contiene la frase “una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción”, el que la convirtió en el estandarte de los movimientos feministas del siglo XX.

Pero esta frase –escrita en referencia a la dificultad que tenían las mujeres por ese entonces para ingresar a los círculos literarios- fue sólo un ejemplo dentro de una vasta producción que incluye obras consagradas como La señora Galloway (1925), Al faro (1927), Orlando: una biografía (1928) o Las olas (1931).

Nacida en la ciudad de Londres bajo el nombre de Adeline Virginia Stephen, la vida de la escritora estuvo signada por una serie de crisis nerviosas que la llevaban a dejar de comer y a decir que escuchaba a los pájaros a cantar en griego, razón por la cual le fue diagnosticada demencia, que más tarde se descubrió como un “trastorno bipolar”.

Estas crisis comenzaron como un contrapunto entre su mentalidad femenina y la masculina, que en ese momento dominaba el mundo, y que no son sino un reflejo de su infancia conflictiva en la que su padre, Sir Leslie Stephen, se comportaba como un déspota con su madre, que a su vez falleció cuando ella era una niña, según se desprende de la biografía La Virginia Woolf desconocida de Roge Poole. En dicha obra, Poole también expone que la joven Virginia y su hermana Vanessa fueron inducidas a mantener relaciones sexuales por sus hermanastros George y Gerald Duckworth hasta los 22 años, y que tuvieron mucho que ver con su maltratada psiquis, como lo refleja su libro autobiográfico A sketch of the past (Un boceto del pasado).

Sin embargo, no fue sino hasta que se casó con Leonard Woolf en 1912 –matrimonio que le confirió el apellido con el que se la conoce- que estas crisis se acentuaron debido a la naturaleza del vínculo que mantuvo con el escritor, al que ella se refería como “un judío sin un céntimo”. Virginia había conocido a Leonard en un círculo literario que ella misma había fundado en su casa de la calle Gordon Square 46, en el barrio de Bloomsbury, y del mismo también formaban parte varias de las personalidades más destacadas de la filosofía y la literatura de ese entonces como Bertrand Russell, Ludwig Wittgenstein, Lytton Strachey, Clive Bell, Rupert Brooke, Saxon Sydney-Turner y Duncan Grant, quienes compartían una serie de criterios estéticos y sociales. Uno de estas bases era la de no tener una exclusividad sexual y por eso, en la década de 1920, Virginia comenzó una relación amorosa con su colega Vita Sackville-West que dio como fruto la publicación de Orlando, otro de los libros más conocidos de Woolf que el hijo de Sackville-West consideraba “la carta de amor más larga de la historia de la literatura”.

En la década siguiente, la psiquis de Woolf se vio más afectada de lo acostumbrado, sobre todo por la naturaleza chocante de su relación marital –que aceptó solamente para disponer de su “cuarto de escritura”-, y un trauma sexual que afectaba a su esposo.

De esta manera, Virginia Woolf iba dando forma en su propia mente a lo que serían los últimos años de su vida con pasajes de novelas como Fin de Viaje, en la que la protagonista se quita la vida ante la imposibilidad de concretar un auténtico vínculo emocional y físico con su marido.

La última novela de la escritora, Entre Actos, no fue sino el prefacio a lo iba a llegar: una profunda depresión causada por la destrucción de su hogar en un bombardeo alemán durante la Segunda Guerra Mundial y el fracaso de su biografía sobre Roger Fry, y que la iba a llevar a tomar la peor de las decisiones.

El 28 de marzo de 1941, la artista se colocó su abrigo y, camino al río Ouse, llenó sus bolsillos de piedras para luego arrojarse a las aguas. Su cuerpo no fue encontrado sino hasta el 18 de abril.

Virginia la dejó a modo de despedida una nota a su marido que decía lo siguiente: “Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo —todo el mundo lo sabe. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo”.

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