El siglo XXI trajo dos problemas al mundo, hasta entonces sin gran significado: el sedentarismo y la obesidad, llamados también "Globesidad"

En los últimos tiempos nos volvimos hombres y mujeres sedentarios y es importante observar que pequeños cambios en nuestro comportamiento, pequeñas cargas de ejercicio físico, producen un impacto beneficioso en la salud. La actividad física es el pilar fundamental para lograr el mantenimiento del peso corporal a largo plazo.

“Así como dietas hipocalóricas fueron y aun son indicadas para perder peso corporal, el ejercicio recomendado era antiguamente el de alta intensidad”, explica la Dra. Gabriela Fedriani Roger (MP 110.600, MN 103.871) médica especialista en Medicina del Deporte.

A pesar que en algunos casos lograron un resultado por cierto tiempo, la mayoría de las veces eran acompañadas por consecuencias no deseadas para la salud física y psíquica, así como la recuperación del peso inicial.

“En los últimos años las evidencias científicas han traído nuevas informaciones. Indican que el ejercicio físico no necesita ser tan intenso, ya que los leves y moderados tienen un impacto antropométrico igual o superior, así como una mayor adherencia a largo plazo”, sostiene la especialista.

La actividad física es una práctica aceptada y considerada, desde hace tiempo, un recurso terapéutico estimable en el tratamiento de la obesidad. Sin embargo, hay dificultades para que el paciente la realice.

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La actividad física puede influir en el paciente con obesidad de dos maneras:

• Efecto agudo: es el que se produce por un efecto esporádico no sistematizado ni regular. El gasto calórico es directamente proporcional al ejercicio realizado y si bien produce cambios metabólicos, no son significativos ni duraderos.

• Efecto Crónico: se produce como consecuencia de la actividad física realizada en forma regular y sistemática. Preserva o aumenta la masa muscular, lo que ejerce una acción sobre el gasto calórico en forma más duradera. También evita la disminución de la masa magra que se produce por dietas hipocalóricas.

Las modificaciones del metabolismo, por ejemplo la disminución de los niveles de insulina, comienzan a producirse luego de 4 a 8 semanas de entrenamiento. El ejercicio físico favorece la utilización de las grasas como energía. La actividad física cambia grasa por músculo.

La acción de la actividad física está documentada en un estudio realizado en mujeres obesas.

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Se tomaban mujeres que entrenaban 5 veces por semana, en sesiones de 45 minutos cada una, con una intensidad del 60% de la frecuencia cardiaca máxima, durante 15 semanas.

Estas fueron comparadas con mujeres sedentarias de las mismas características.

Se observó que las mujeres entrenadas disminuían en forma voluntaria la ingesta calórica, principalmente a partir de la 6º semana, tuvieron menos tendencia al picoteo e ingirieron menos pan y galletitas.

El cambio alimentario, en el paciente obeso, por la actividad física puede estar fortalecido por el bienestar psíquico, el aumento de la autoestima y la disminución de la ansiedad.

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