Las investigaciones en neurociencias son contundentes: el estrés, en sus diferentes variantes de intensidad y duración, produce daños en el cerebro. Algunos son reversibles, si se realiza un profundo cambio en la forma de pensar y el estilo de vida. Otros pueden ser muy graves, como el caso de la muerte neuronal y los accidentes cerebrovasculares.
La buena noticia es que el estrés se puede contrarrestar. Aquí, Néstor Braidot, doctor en Ciencias, Master en Neurobiología del comportamiento y en Neurociencias cognitivas ofrece algunas estrategias:
eDescubrir nuestros propios estresores. Son determinados hechos, personas, situaciones, incluso objetos, que provocan estrés. Para algunas personas es estresante dar un examen o hablar en público. Otras padecen (muchas veces en forma metaconsciente) los ruidos ambientales a los que su cerebro no logra acostumbrarse. En los ámbitos laborales hay factores que actúan como importantes estresores, como la sobreexigencia, la incertidumbre o la mala relación con un superior. Una propuesta es hacer una lista de los propios estresores, ya que hacerlos conscientes es un buen punto de partida. Además de aquellos que pueden considerarse de mucha relevancia, como una relación de pareja conflictiva, hay estresores que no son tan evidentes y, sin embargo, afectan, por ejemplo, la falta de control en situaciones que aparentemente no son importantes.
eDormir. El sueño es uno de los mejores remedios para el estrés y el agotamiento y, además, un buen aliado para resolver los problemas que aquejan durante la vigilia.
eGenerar espacios de placer y diversión. La risa es muy saludable. Según una de las últimas investigaciones, las personas que contrarrestan el estrés con el humor mejoran su sistema inmunitario, sufren un 40 menos de infartos de miocardio o apoplejías y viven más.
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eMeditar, aprender a relajarse. Los efectos beneficiosos de la meditación para el cuerpo y la mente han sido corroborados infinidad de veces. Por ejemplo, durante un experimento realizado recientemente en el Hospital General de Massachusetts, los participantes hicieron ejercicios de relajación durante media hora diaria a lo largo de ocho semanas y lograron cambios importantes en regiones cerebrales de las que dependen nada menos que la memoria, la empatía, el sentido del yo y el estrés.
eRealizar actividades aeróbicas o practicar algún deporte. Ello reduce los niveles de cortisol en sangre y mejora el funcionamiento de la memoria y, lo más importante, retrasa el envejecimiento. Varias investigaciones coinciden en que las personas que practican un deporte, caminan, bailan o realizan algún tipo de actividad aeróbica tienen menores niveles de ansiedad que aquellas que llevan una vida sedentaria debido, entre otras razones, al efecto de estas actividades en sus neurotransmisores.
eAcudir al gimnasio cerebral. Los gimnasios cerebrales aplican metodologías e instrumentos que contribuyen a resolver las consecuencias de las situaciones estresantes y preparan a las personas para enfrentar los problemas que deben afrontar cotidianamente. La ayuda externa es muy útil como punto de apoyo para reflexionar, pensar y elegir, ya que al verdadero antídoto para el estrés se debe buscar en uno mismo, en el infinito potencial del cerebro.
eGenerar nuevos aprendizajes. Las neuronas necesitan actividad, movimiento y experiencias energizantes durante toda la vida. El cerebro de una persona que se interesa por el conocimiento, que toca un instrumento, funcionará mucho mejor que el de otra que lleve una existencia pasiva.
eEl poder de una alimentación adecuada. La adopción de hábitos saludables no sólo ayuda a prevenir enfermedades graves, también es fundamental para tener un cerebro ágil y activo. Ha sido descubierto que una dieta rica en sustancias polifenoles y ácidos grasos poliinsaturados (que tienen propiedades antioxidantes) es efectiva para el cerebro.