Con sus cien años recién cumplidos, Tomasa Celmira Lozano es la mimada de sus familiares y vecinos de Lanús Este. Es que la centenaria abuela no usa lentes y conversa con ellos de modo fluido, aunque hay que hablarle un poco fuerte porque “tiene un pequeño problema de audición”, advirtió su nieto Marcos. Su rostro y voz al conversar trasmiten paz, en realidad no aparenta esa edad a pesar de las arrugas que cruzan su frente. Tomasa nació en la localidad uruguaya de Dolores el 29 de diciembre de 1910 y a los 12 años llegó a Lanús de la mano de un hermano mayor, y aquí se quedó para siempre. A Uruguay volvió solamente para traer a sus padres y otros ocho hermanos, de los cuales sobrevive María Esther de 94 años que padece algunos problemas visuales. Aquí se casó y tuvo un hijo de nombre Roberto quien la dio dos nietos, Marcos y Diego, que por circunstancias de la vida, ella debió criar. Su trabajo en la desaparecida empresa Fialp y las tareas del hogar, ocupaban parte de sus días. El ingreso como operaria a la hilandería se produjo al poco tiempo de instalarse la misma a poco más de una cuadra y media de su casa y su tarjeta de ingreso y salida era la numero 7. Allí en sus años jóvenes hilaba lana en turnos rotativos, siempre era la primera en llegar y nunca faltó por enfermedad. Cuando se jubiló dijo que “pensé que se terminaba mi vida”. Mate y recuerdos Pero ese momento sólo era un punto y aparte, ya que para ella solamente terminaba la rutina de cumplir diariamente con un horario. En su casa había otras cosas de que ocuparse y como entonces, sigue atendiendo a sus seres más queridos, aunque de otro modo. En efecto, ahora no deja de cebarle mate a la esposa de Marcos y a quienes se encuentran cerca, porque un “problemita en las piernas” la mantiene sentada. De todos modos, aun sostiene en sus manos la pava y el mate con pulso firme. Boxeo y toros Si bien hasta hace poco se movilizaba por la casa de Pichincha al 2600 ahora, la centenaria abuela pasa más tiempo sentada y mirando televisión y sus programas favoritos son el boxeo, las corridas de toros y los noticieros para estar informada. En cuanto al deporte taurino ella se divierte con ese espectáculo solamente cuando es el toro es quien lleva las de ganar y no el torero. Unas pastillas para la presión y unas vitaminas son los únicos medicamentos que toma la abuela Tomasa. De su infancia en Uruguay recuerda como era su barrio donde nació y el avestruz que le regalaron como mascota. Ese animal que andaba por toda la casa comento que “cuando bordaba me comía los botones y una vez que se escapó, vino la policía par informarnos que estaba en la plaza del pueblo comiendo las flores de los canteros”. En su voz clara y pausada se nota que siempre le gusto la vida tranquila.