El ocaso pinta de naranja el paisaje. Las olas se amansan después de una tarde en la que el mar no dio abasto para satisfacer a tantos turistas descontrolados buscando sacarle jugo al día. Lentamente, y como intentando estirar los últimos segundos de playa, la gente empieza a caminar tierra adentro, dándole forma al paso más pesado de las vacaciones, el que inicia el camino a casa.
Sobre la arena, nostálgica, quedan grabados los rastros de un día perfecto, que permitió convocar a todas las actividades que uno sueña para un día de playa: canchas de tenis y de tejo dibujadas sobre el terreno húmedo, castillos a medio terminar por niños con vocación de arquitectos, pozos donde los más pequeños dieron rienda suelta a sus primeras manualidades, marcas de sombrilla y lona tendida donde florecieron los arrumacos románticos de una despedida y millones de huellas en todas direcciones (las más frescas hasta la misma orilla, para contemplar por última vez el mar).
El último día de enero siempre se tiñe con la amarga sensación del adiós. Y, peor aún, cuando ese momento se acerca detrás de una jornada fantástica de sol, quizás la más linda de todo el mes. Con cielo celeste desde bien temprano; ni bien amaneció, la ausencia de nubes prometía un día soñado. Y así fue. Sobre la 10 de la mañana, la temperatura ya se acercaba a los 30 grados, el sol picaba con energía y entusiasmo y todos salieron en malón en busca del lugar predilecto para disfrutar de la arena y el mar.
Pero no para todos era el último día de las vacaciones. Algunos, habían adelantado su partida y, otros, estiraron el descanso hasta el sábado e, incluso, el domingo. Claro que una buena cantidad de turistas no quisieron esperar hasta último momento, para evitar la congestión de tránsito que seguramente propondrán las rutas en el marco del recambio.
Además, entre los muchos que se van, aparecen los que recién llegan y, al ver un paisaje inmejorable de sol brillante y mar espléndido, se frotan las manos sin importarles que los pronósticos no hablan de un arranque favorable de febrero. Al menos, todos coinciden en anunciar unos primeros días del mes cargados de inestabilidad.
Para Walter (49) "lo peor de las vacaciones es el último día, la sensación es horrible y, muchas veces, pienso que es mejor no venir a Mar del Plata para evitarme este mal momento. Sentir que todo se acaba me pone mal y me arruina el descanso". En cambio, con una óptica diferente, Rodrigo (46), asegura: "Es feo irse, pero es muy lindo poder compartir al menos un puñado de días junto a los amigos o la familia en la playa. Es un placer al que no pienso renunciar y espero poder repetir a cada momento. Hay que estar siempre con el ánimo despierto para aprovechar los mejores momentos que puede ofrecernos la vida. Si nos distraemos, nos pueden pasar por al lado sin que nos demos cuenta".
Todo se pudo hacer en el último día de enero. Sol, arena, deportes, juegos, muy poco viento y el mar otra vez con una temperatura ideal; las corrientes frías fueron desplazadas océano adentro y las más cálidas se acercaron a la orilla para que, al momento de caer el telón del mejor mes del verano, el paisaje y el marco generado por el clima, fuera sensacional, que ni las nubes de la tarde pudieron arruinar. El único consuelo, en el beso y el abrazo del final fue: "mañana va a llover".
Ese motivo hizo que más de uno pospusiera su viaje para la mañana de hoy: "Irse con lluvia es mucho menos traumático que hacerlo con sol o en una noche estrellada y hermosa", aseguraba Juan Carlos (63) a quien quisiera escucharlo. Buby, uno de los pocos que se queda junto con su hijo Augusto hasta marzo, saludó a todos los que se despedían con afecto y hasta un dejo de tristeza; y es que, aunque ellos se quedan a disfrutar de la ciudad que tanto aman, no ocultan que buena parte de su felicidad pasa por la fortuna de estar rodeados de los buenos amigos. Y es que en verano y junto al mar, la amistad recibe una inyección de vida.