Arrancó con un marco fantástico y más de 33 grados que invitaron a miles de turistas a disfrutar de la arena y del mar. Pero a media tarde se nubló todo, sopló el viento y cayó un chaparrón.

¡Qué lindo día!' y '¡qué tormenta que se viene!', dos frases que se juntaron varias veces, en lo que va del año, en un mismo día de este verano enloquecido en Mar del Plata. Ayer, otra vez ocurrió: mañana y mediodía de ensueño y diluvio a partir de las 17, cuando el cielo se cubrió de gris e hizo escapar a todos de la playa.

La noche del lunes, plomiza y pesada, pareció una bomba climática de tiempo. Las distintas páginas que se encargan del pronóstico del tiempo no se ponían de acuerdo con ofrecer buenas noticias mientras que el cielo no mostraba buenas intenciones. Una madruga sin viento hacía temer lo peor; un amanecer brumoso, también. Pero a las 7 de la mañana, cuando el sol se posicionó, las nubes se empezaron a disolver junto con la neblina y se armó un día espectacular.

Con el correr de la mañana las nubes se fueron disipando, el sol ganó protagonismo y le fue dando calidez a una jornada que impulsó a los veraneantes a volcarse, una vez más, a las distintas playas de la franja costera marplatense.

Los nubarrones oscuros de la víspera siguieron su viaje rumbo al norte y, los rayos del sol, le dieron al día una verdadera temperatura de verano con una máxima que llegó más allá de los 33 grados. Ya a media mañana, apenas unas nubes rebeldes daban vuelta por el aire por lo que, desde temprano, mucha gente respondió a su cita de honor con un mar tranquilo, con pocas olas agresivas y la decisión de los guardavidas de algunas playas de animarse a poner la vieja bandera celeste ('mar bueno') que sólo se reserva para ocasiones especiales.

Así, las playas mostraron una nutrida presencia, pero no tan cargada como en el último fin de semana, que marcó el pico de visitantes en la Ciudad Feliz. Incluso, buena parte de la gente que por estos días ocupa Mar del Plata, es un remanente de los que eligieron la última quincena (los menos) o una camada nueva que llegó desde el inicio de la semana pero que no se quedará por más de una semana.

'Hay muchas caras nuevas -cuenta Juan Cruz, de 17 años, quien, junto a su familia y su hermano Bautista, están en Punta Mogotes desde principio de enero- de los que veníamos a la playa cuando arrancó el año, quedamos muy pocos. El resto se fue renovando paulatinamente'. Y es tan claro como lo explica este joven que hace muchos años veranea en La Feliz y sabe de los movimientos de la playa. 'Me pareció que este año -agrega- hubo más gente; al menos esa fue la sensación en la playa, aunque en la calle, por las noches o cuando en los días frescos recorríamos la ciudad, todo se notaba muy cargado, como en otras temporadas'.

Se sabe que, desde este año, se ha visto el crecimiento de la modalidad que hace referencia a los 'turistas golondrina', que son los que eligen veranear unos días en un lugar, otros en uno distinto y sin radicarse por mucho tiempo en una ciudad. Incluso, están los que resuelven pegarse escapadas cortas (de ida y vuelta a casa) acomodando su agenda a sus compromisos personales y también a las condiciones de un clima que ha estado muy inestable durante enero: 'No me voy a venir a pagar quince días de alquiler de un departamento o de una carpa, con el riesgo de quedarme la mitad de esos días sin poder ir a la playa", dice Ricardo.

Pero cuando todo era luz y mar, un frente de nubes oscuras asomó por el sur y, desde el horizonte, empezó a avanzar resuelto sobre la costa. Primero viento, después algunas gotas y, al rato, un aguacero que espantó a la gran mayoría de las playas. Los que aguantaron el chubasco confiando en los huecos celestes que se avizoraban a lo lejos, arriaron la bandera del entusiasmo en cuanto un trueno, producto de una descarga eléctrica lejana, terminó de ordenar la retirada. Pero tanto la tormenta eléctrica como el aguacero, fueron pasajeros. El sol no volvió a asomarse, pero la temperatura no bajó y tampoco volvió a llover. Tiempo loco, le dicen en el campo.