Colonia, Carmelo y Salto, son esos lugares del mundo que parecen detenidos en el tiempo, donde se destaca el silencio de la naturaleza, el respeto por el pasado y el placer por vivir muy bien, placer que comparten con nosotros, sus “vecinos” más cercanos.

El máximo prócer del Uruguay, el general José Gervasio Artigas procede a fundar Carmelo el 12 de febrero de 1816; el lugar fue denominado popularmente "Carmelo" sin saber el porqué. Sin embargo, en aquel entonces toda población estable o asentamiento tenía como deber moral y religioso acogerse a la protección de un santo o virgen. En este caso, los primeros pobladores eran devotos de la Virgen del Carmen, la cual (cuentan las leyendas) hacía sus apariciones en el Monte Carmelo (muy cerca de la actual ciudad). En base a estos hechos, se cree que se adoptó como oficial el nombre de Carmelo y muchos de sus pobladores fueron bautizados de este modo. Hoy, Nuestra Señora del Carmen es la patrona de la ciudad y cada 16 de julio se celebran festejos y bendiciones en honor a ella. Esta festividad atrae a visitantes de todos los pueblos y localidades vecinas desde hace años.

Se dice que son tranquilos. Que son pausados. Que no se estresan. Se dice todo eso de los uruguayos. Esta vez, la generalización no es errónea. Los habitantes del otro lado del Río de la Plata viven a un ritmo diferente, ameno y relajado. Como si cada movimiento estuviese antecedido por una sabia reflexión, por un calmo análisis de las cosas.

La privilegiada ubicación le otorga al municipio el contexto perfecto para relamerse en su armonía. Extensas playas configuran el semblante más amable de la localidad, custodiadas por frondosos bosques y arboledas.

Allí, muchos argentinos se benefician con las recetas del paisaje. Una línea regular de transporte fluvial conecta a la villa con Tigre, cercana a Buenos Aires, lo que facilita el arribo de compatriotas a las impecables arenas de la costa carmelitana.

En la Plaza Independencia, en el corazón urbano, también se respira la esencia de Carmelo. Niños, jóvenes, adultos y viejos, todos comparten el espacio, configurando sendas reuniones sociales. Anécdotas, chismes, bromas y leyendas le dan vida a ese tesoro que los uruguayos conservan como pocos pueblos en el mundo: el diálogo. Charlando se pasan las horas, siempre acompañados por un mate, ladero insustituible en estas regiones. Las luces también destellan desde la fachada del Four Seasons Resort, el más famoso y exclusivo de los hoteles locales. Sin embargo, estos emprendimientos no han logrado opacar las virtudes de Carmelo, fiel a su estrella. Fortín de ferviente signo uruguayo, con temple forjado de antaño.


 

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