Ídolo en el Taladro, le tocó jugar poco en la mejor época que le tocó estar:
Julio Falcioni no es amante de los enganches en una época en la que incluso, su 4-4-2 era más inflexible que en la actualidad.
"¡Cuándo me vas a poner, hijo de puta!", gritó en una concentración mientras golpeaba la puerta de la habitación del técnico, que Garrafa estimaba deshabitada. "¡Nunca, gordo!", le gritó desde adentro Pelusa, entendiendo que se trataba de una ocurrencia de quien pasaba de burlador, a burlado. Además, fue titular la fecha siguiente ante Lanús.
Lo dejaron libre de Banfield, le tocó irse por la puerta de atrás. No lo dudó y se fue a Laferrere, tenía 31 años y mucha cuerda todavía y pensaba retribuirle de esa forma al club donde se había formado. Mientras sus ex compañeros del Taladro estaban de Pretemporada,
Garrafa jugaba con la moto en la calle de su casa. La colgaba y andaba en una sola rueda; maniobró mal, perdió el control y se estrelló con la cabeza en un cantero. Agonizó unos días, con muerte cerebral irreversible y un 8 de enero,
se acabó la magia.
Lo lloraron en Laferrere, en Banfield, en Gerli y en cada rincón, incluso, en que lo padecieron con un firulete, un pelotazo al vacío para un compañero que quedó solo frente al arco, con la carrerita para los penales que patentó y le copió hasta Ortega en River y ya es común ver en algunos mundiales.
Jugador de clase única, renegado de la elite, por tener pelotas y saber qué hacer con ellas. Tiene una estatua,
obra de Jorge Goinco, varios homenajes artísticos en plazas y hasta
una película, en la que su director, Sergio Mercurio, pintó con sus mejores trazos lo que dejó "El Garrafa".
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