Intentó Tevez, sin éxito, victimizarse a partir de las urgencias y presiones que existen en el fútbol argentino, como por otra parte existieron siempre. "Cuando pierde Boca no puedo ni salir a la calle con mi familia o ir a cenar", afirmó sin ruborizarse buscando adhesiones de los hinchas anónimos y de cierto universo mediático, genuflexo y cholulo por excelencia.
Ese papel de millonario acongojado e incomprendido porque la gente le pide triunfos y más triunfos no fue una estrategia convincente. Por el contrario; ni aquellos que lo tienen en un altar bancaron ese nivel de inconsistencia argumental. No le creyeron. Era demasiado difícil creerle cuando desde China se adivinaron otros mensajes menos sentimentales y románticos y totalmente sensibles al dinero fácil que pulveriza promesas anteriores.
Es cierto que Tevez supo diseñarse dentro y fuera de las canchas. Dentro del rectángulo de juego siempre se superó en los momentos favorables y en la adversidad. Menos en el ámbito de la Selección nacional. Allí nunca descolló a pesar de la prensa que lo cobijó, salvo en los Juegos Olímpicos de 2004 en Atenas cuando ganó con Argentina la medalla dorada, bajo la conducción de Marcelo Bielsa.
Fuera de esa geografía, tuvo capacidad y lectura de las circunstancias para encontrar lo que encuentran muy pocos a lo largo de la historia: emprender un viaje de ida y vuelta con la gente común. Se reivindica Tevez como "un muchacho del pueblo". O como "el jugador del pueblo". Luce estupenda y cautivante esa definición. Casi envidiable para cualquiera. ¿Pero en realidad cuánto hay de marketing, maquillaje y demagogia en esa celosa construcción a la que ni estrellas de origen tan humilde como el
Loco Corbatta, Angel Clemente Rojas, Houseman, Bochini y Riquelme lograron acceder?
Tevez lo hizo posible desde su lejano Fuerte Apache. Siempre lo recordó para mostrar con un orgullo bien expresado y planificado que desde allí se proyectó. Si sus palabras fueron más o menos oportunistas solo él lo sabe. Lo concreto es que aquella bandera nunca la ocultó ni aquí ni en Europa. Y esa bandera la utilizó políticamente según el tenor y el color de las circunstancias.
Volvió Tevez del Viejo Continente hace un año y medio, después de ser una de las figuras de Juventus. Lo que representa la crema de Italia. Regresó a Boca (con un ingreso anual que osciló entre los 5 y los 7 millones de dólares) acompañado casi por una certeza que él nunca terminó de confirmar: su retiro del fútbol se iba a dar con la camiseta de Boca.
La reverencia de un hincha de Boca a Carlos Tevez. Foto: José Brusco / Diario Popular
Mientras se desarrollaba la película del héroe que surge de las entrañas de la pobreza, asciende socialmente hasta convertirse en una celebridad futbolera, se consagra como un ídolo y vuelve al lugar que le permitió volar a favor de su talento deportivo, aparecieron los dólares insuperables del gigante asiático.
Y el sueño terminó (the dream is over), como alguna vez confesó John Lennon en los inolvidables finales de los 60 con el Mayo francés y el hippismo pegándole un cross a la mandíbula al statu quo de la sociedad, que finalmente incorporó todo al sistema.
Esa es, precisamente, la sensación que prevalece. La sensación intransferible de que el sueño terminó. El sueño de los hinchas, siempre inocentes. De los sueños no revelados de Carlos Tevez que se ocupe Carlos Tevez.
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