En la previa hubo filas que recorrían el predio de Tecnópolis; la derrota 3 a 2 no opacó la fiesta; el espíritu olímpico que promueve el COI quedó en lo más alto

“Dejamos esta camiseta en lo más alto y si mañana le toca a otro, le va a ir bien”, expresa Facundo Gassman aún furioso. Está agitado y le cuesta hablar de seguido sin tomar una bocanada profunda de aire. Le cuenta a los medios que se siente frustrado por no llegar a la final, que "impacta mucho psicológicamente" la derrota ante Brasil, que no vinieron por la de bronce. Pero, en un segundo, el hombre que dejó todo ante cada pelota, forcejeó con el pivote Guilherme Borges Sanches y levantó los brazos para pedir aliento a los hinchas en Tecnópolis, vuelve al objetivo de un adolescente que hace un mes y tres días cumplió la mayoría de edad: "Ahora tengo que pensar en el estudio, en estudiar... no sé...".

Gassman es parte de un equipo de chicos que generó un fervor inusitado para el Futsal en los Juegos Olímpicos de la Juventud Buenos Aires 2018. La línea de tiempo del lunes 15 de octubre se marcó desde las diez de la mañana con las largas filas que se formaban en el predio; a las ocho de la noche el estadio principal estaba repleto, pero a las 20.35 con el 2 a 1 de la Selección Argentina las tribunas tubulares fueron un hervidero y el grupo pequeño de fanáticos brasileños que estaba detrás del arco de Christian Vargas pareció microscópico, aunque aún ganaban.

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"El que no salta es brasilero", se repitió varias veces con el pelotazo certero de Santiago Rufino. Algún integrante del cuerpo técnico ruso que minutos antes había llegado a la final olímpica sacó su celular para filmar lo que veía desde la platea. Más arriba, el lesionado egipcio Youssif Mohsen Hassan observaba sorprendido el clima explosivo.

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Esa fiebre no iba a disminuir ni con el golazo de Breno Bertoline en el 3 a 2. El clásico de Sudamerica (y mundial) mostró a un conjunto albiceleste que presionó hasta lo último y luchó en el barro, como esa épica que gusta en las películas y cuando se ve en la realidad magnetiza más.

“Brasil te hace jugar mucho, te hace correr mucho. Es un desgaste físico tremendo”, intentó sintetizar el técnico Matías Lucuix sobre el esfuerzo de sus jugadores. El DT prefirió mostrarse fuerte y decirle a sus dirigidos que no pueden "irse con las manos vacías" y dejar un mensaje: “Es bueno ser buen perdedor porque son valores que los chicos tienen que empezar a aprender desde abajo”.

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