Para sus fanáticos y sobre todo en quienes fueron contemporáneos de sus hazañas, Fangio fue siempre una figura inconmensurable que se calzó a la perfección el traje de ídolo para sentarse al volante en los cockpit de los monoplazas donde le hacía lugar a la leyenda como compañera de su extraordinaria carrera.

No es ninguna novedad afirmar que Juan Manuel Fangio corporizó una leyenda como piloto de automovilismo deportivo, rubro en el que validó pergaminos con su condición de pentacampeón de Fórmula Uno obtenida en 1957 y que recién pudo ser superada 46 años después por el alemán Michael Schumacher.

Meticuloso, obsesivo y con una mentalidad literalmente científica para manejar a velocidad, Fangio demostró ser dueño de una habilidad increíble en las pistas que lo convirtieron en un piloto excepcional primero y en un mito, después, más allá de algunas imperfecciones humanas evidenciadas en las relaciones con las mujeres que pasaron por su vida y que significaron haber tenido con tres de ellas otros tantos hijos a los cuales nunca reconoció.

Para sus fanáticos y sobre todo en quienes fueron contemporáneos de sus hazañas, Fangio fue siempre una figura inconmensurable que se calzó a la perfección el traje de ídolo para sentarse al volante en los cockpit de los monoplazas donde le hacía lugar a la leyenda como compañera de su extraordinaria carrera.

Como en tantos otros escenarios, Fangio, quien prefería escaparle a los halagos y abrazos, pudo comprobar una vez más esa idolatría en una demostración de la nueva versión de los recordados Torino, destinada a empresarios y realizada a principios de los ‘70 en el autódromo porteño.

La propuesta consistía en vueltas por el circuito de distintas unidades de la nueva versión del Torino, el auto de fabricación nacional que acababa de consagrarse en las 84 horas de Nürburbring y donde el “Chueco” había sido el director del equipo de competición argentino, conducidos por reconocidos pilotos del momento, entre ellos el propio Fangio, que llevaban a los invitados como acompañantes.

En esa oportunidad el empresario Lorenzo Lebricon vio cumplido su sueño del pibe: el Torino que paró en patio de boxes para que fuera parte de la demostración, tenía al volante al mismísimo Fangio.

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Dentro del auto y con el casco y el cinturón de seguridad puestos Lebricon, que era dueño de una minera, le testimonió su admiración al Chueco por entonces ya retirado de las competencias. Con espontaneidad adolescente pasó a preguntarle sobre sus logros en diversas carreras a lo cual Fangio respondía con humildad y sonrisas mientras llevaba a velocidad el vehículo por todo el recorrido. Fue allí cuando el invitado lo indagó sobre lo que rumoreaban sus fanáticos: “¿Es verdad Juan Manuel que como dicen usted puede meter un rebaje sin pisar el embrague?”, preguntó Lebricón.

Sólo el Chueco “No amigo, eso es imposible porque si se mete un cambio sin rebaje la caja se rompería en pedazos” contestó Fangio quien, sin embargo, al llegar a la siguiente curva y con el Torino lanzado a más de 140 kilómetros, se concentró primero en escuchar las revoluciones del motor y tiró después el rebaje sin pisar el embrague. No pasó nada malo y la sonrisa cómplice de Fangio llevó a Lebricón a confirmar porqué admiraba tanto a ese fenómeno. Segundos después, motivadas por la picardía, el habitáculo se llenaba de las risas de uno y otro.

Para entonces, que el Chueco era un grande, ya se sabía en todo el mundo. Unos veinte años antes al episodio con los Torino en el autódromo de la ciudad de Buenos Aires, el ex piloto británico Stirling Moss había hecho una confesión sobre Fangio al rememorar el Gran Premio de Monza de 1950.

Moss recordaba que en las pruebas de entrenamiento veía como Alberto Ascari -el extraordinario corredor italiano- y Fangio salían de una curva con distintos recursos. Mientras Ascari derrapaba pasando a pocos centímetros de los fardos de paja de seguridad, Fangio iba un poco más allá y los rozaba al punto de hacerlos temblar.

En el recuerdo de Moss los dos repetían exactamente a la perfección la misma maniobra vuelta tras vuelta pero al analizar las tácticas de uno y otro, era evidente que Fangio aprovechaba una mínima porción más de superficie para salir una fracción de segundo más rápido. “Esa es la diferencia entre un gran campeón y un genio”, aseguró el ex piloto londinense.

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