Alberto Zacarías, mánager de Jeremías Ponce, pinchó el globo y afirmó que su pupilo no hará la revancha contra Leonardo Amitrano, aunque le quiten los títulos. Una postura egoísta aunque válida, que poco ayuda para las necesidades actuales del boxeo argentino

La ilusión duró poco y no habrá revancha entre Jeremías Ponce y Leonardo Amitrano. Ni el 17 de agosto –como se especulaba- ni nunca, pese a que la FAB la había ordenado en forma directa tras el mal fallo del 27 de abril pasado, cuando estuvo en juego el título sudamericano superligero de Amitrano.

Duró poco, más que la ilusión, la ingenuidad, porque ya era demasiado color de rosa la historia, la bonanza, la hidalguía de todos los protagonistas, especialmente del lado de Ponce, el beneficiado de turno, aunque ya algún paragua se había abierto en la última columna de este espacio titulada “Tiempo de revancha”.

Alberto Zacarías, DT y mánager de Ponce, fue clarito con POPULAR, y en un extenso intercambio afirmó: “no hay revancha. Mis boxeadores pelean con quien digo yo, cuando digo yo, y donde digo yo”.

Perfecto. Zacarías y todos los mánagers de este país tienen el derecho de hacer pelear a sus pupilos según conveniencia, y de atenerse luego a las consecuencias reglamentarias que sus decisiones acarreen.

Por ejemplo, en este caso, a Ponce se le retirará el título sudamericano, y posiblemente el argentino, porque Amitrano desafió a Ponce también por el nacional superligero que éste ostenta.

“No importa. Que me retiren el título argentino, sudamericano, y el que quieran, pero no hay revancha. La pelea ya se hizo y Jeremías ganó bien. Lo importante es lo que dijeron los jueces, que son los que saben, y yo respecto lo que dicen los jueces, no hay por qué dudar de eso”, fue el fundamento de Zacarías.

Lo dice alguien que se caracterizó siempre por discutir fallos a viva voz, incluso en el terreno amateur, donde hasta llegó a estar a punto de irse a las manos con el presidente de aquel entonces, Osvaldo Bisbal, en la misma FAB.

Pero no importa. Aun así, Zacarías tiene el derecho lícito de pelear o no con quien se le plazca, sin necesidad de mentir.

Son posturas. Políticas personales que a veces dan réditos y otras no. Su padre, el Gran Santos, por ejemplo, se opuso en su momento a que Sergio Palma peleara contra Wilfredo Gómez, y Palma fue campeón mundial por otra vía. Con Coggi tampoco quiso enfrentar a JC Chávez, y Coggi tuvo un largo reinado como monarca. Con Sicurella, en cambio, llegó bastante verde ante Mendy de tanto esquivar rivales, y jamás pudo coronarlo.

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El problema es que quienes amamos en verdad al boxeo nos habíamos ilusionado con una revancha entre dos de los mejores del país en su categoría, de los pocos combates atractivos que pueden darse para alimentar lo que se ha dado en llamar “veladas FAB”, donde la entidad oficia de promotora para armar un buen festival con púgiles de diferentes escuderías, cosa que sin su intermediación sería imposible.

Nos habíamos ilusionado con volver a aquella época en donde –más allá de conveniencias personales- el armado de peleas se apoyaba en el plantel completo de boxeadores del país, sin distinción de cofradías, porque no existían empresas promotoras como ahora.

Era la veta tenue para rescatar al boxeo de este letargo insulso, tratando de dejar egos de lado, intereses personales, y poner un poco el hombro en pos del boxeo, de su refundación, al menos por un tiempo, hasta dar el envión necesario para que la planta dé mejores frutos.

Pero no. Está visto que a la hora de la verdad, prima el sálvese quien pueda. Es la quinta antes que el bosque, aunque la sequía aseche a todos. Y está perfecto. Se entiende.

Sucede que hasta no hace más de 1 año el mismo Zacarías se quejaba de lo contrario. Había que aguantarlo pregonar que a Jeremías no le daban chances para pelear por el sudamericano, o por títulos regionales, con el futuro que tenía. Pedía pelear con tal o cual –NdeR: no los nombraremos por respeto- porque sabía que les ganaba y despotricaba porque en vez de dárselo a él se lo daban a otro. Y se quejaba de que no le programaban a sus boxeadores.

También parecía tener razón allí, y quizás era una postura más empática y defendible por quienes analizan sin intereses ni banderías.

Pero Zacarías remata sus argumentos diciendo que no le interesa pelear de nuevo contra Amitrano porque ya peleó y le ganó, sin la menor autocrítica. ¿Por qué no dar la revancha entonces si está convencido? Porque sus pupilos “jamás” pelean dos veces contra el mismo rival, refuta. Y sus mentiras lo único que hacen es debilitar su postura, que aunque egoísta, razonable.

Sin ir más lejos -por nombrar a dos de sus más emblemáticos pupilos-, Carolina Duer hizo sus dos primeras peleas contra la misma rival (Agustina Aybar), y luego tres seguidas ante otra (Yanina Acuña). Y Alberto Sicurella, otro emblemático de su escudería, repitió peleas contra Oscar Antonio Gómez, César Dómine, Oscar Bogarín, Osvaldo Cortés, Sergio Atilio Martínez, y ni hablar contra el Pelado Silva. Eso revisando los primeros dos que se nos ocurrió.

Antes le echaba la culpa a las bolsas, cosa que ahora podría estar resuelto si el combate interesa, máxime si hay licitación y él tiene al campeón. Otra excusa más.

Cierto es que para el 14 de setiembre tiene programada una pelea en Alemania por el título superligero de la IBO –entidad de 2º orden, no reconocida como mundial- ante el local Rico Mueller, de 31 años y 25-2-1, 17 KO, lo cual es más conveniente a todas luces que una revancha contra Amitrano. Pero bien podría pedir permiso y postergarla para su vuelta.

Somos argentinos, y nuestras conductas se plasman donde quiera que sea, sin posibilidad de disfraces ni disimulos. Alguien sabrá explicar alguna vez por qué el boxeo se parece tanto a nuestra sociedad.

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