No le tembló el pulso al equipo que dirige Marcelo Gallardo para enfrentar al Cruzeiro en Brasil y superarlo en iniciativa y en posibilidades, aunque su clasificación a cuartos de final de la Copa Libertadores la confirmó en la rutina de los penales

En Buenos Aires, 0-0. En Belo Horizonte, 0-0. Y en la definición por penales, ganó River 4-2 a Cruzeiro y se metió en los cuartos de final de la Copa Libertadores. ¿Sorprende? No. ¿Conmueve? Tampoco.

Este River que hace ya poco más de cinco años que conduce Marcelo Gallardo parece naturalizar su protagonismo internacional. Quizás por eso en el plano continental es casi una máquina de ganar, no siempre dibujando muy buenas producciones.

En esta serie sin goles frente al Cruzeiro, las buenas producciones estuvieron ausentes. No jugó bien River ni en la Argentina ni en Brasil. ¿Cómo jugó, entonces? En un nivel discreto. Sin luces, sin vuelo, sin frescura ni profundidad ofensiva. El mismo Gallardo lo reconoció después del partido: ”Necesitamos mejores niveles individuales para que todo sea más fluido. Ya van a venir mejores rendimientos. Había que jugar por una clasificación y mentalmente estamos preparados. Nos vamos a ir soltando a medida que pasen los partidos”.

No habló por hablar el entrenador de River. Esta dinámica paulatina de crecimiento viene acompañando al equipo en las últimas competencias con cruces decisivos. Como si River supiera interpretar las necesidades del momento. Y actuara en función de las distintas exigencias que se le van presentando.

Esto no significa que River tiene la vaca atada. No la tiene. Porque no la tiene nadie. Pero ya demostró en otras circunstancias que en situaciones límite su tolerancia a la adversidad es muy alta. Y cuando no son pocos los que en el ambiente del fútbol argentino lo quieren ver en la lona (en especial los que adhieren al sentimiento xeneize), el equipo recupera su figura y sale adelante con una determinación admirable.

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Es cierto, no era una boleta anticipada o irremediable River en Belo Horizonte. Había empatado sin goles en el Monumental. Y con un empate 1-1 pasaba a cuartos. Pero la tenía complicada. En la cancha, ese anuncio previo no se consolidó. No la pasó mal River en Brasil. No padeció el partido. No lo sufrió como se sufren los dominios absolutos.

Por el contrario, fue River el que quiso imponer condiciones en las dos etapas. No intentó aguantar. No buscó el empate para ir a la ruleta de los penales. No rezó plegarias para bancar las embestidas del Cruzeiro. Nada que ver. Salió a ganar desde el arranque. Con presencia, con actitud, con decisión.

El tema es que este River ya no tiene ni al colombiano Juanfer Quintero (recuperándose de la grave lesión ligamentaria de la rodilla izquierda que tuvo ante Independiente el 17 de marzo pasado) ni al Pity Martinez, transferido al Atlanta United de Estados Unidos. La consecuencia más directa es que le falta desequilibrio individual. Le falta alguien que gane en el uno contra uno. En el mano a mano. Y se nota. Se nota demasiado. Porque mueve la pelota en campo rival, pero no encuentra imaginación ni recursos ofensivos inobjetables.

En definitiva, siente la ausencia del talento individual que en una gambeta (el arma del fútbol más letal) resuelve lo que por otra vía no puede resolverse. Al equipo igual lo sostiene su estructura. Sus conocimientos de las debilidades y fortalezas. Su convicción adquirida para afrontar este tipo de desafíos. Esto lo deja ver claramente. Lo transmite a sus propias filas y a las filas del adversario de turno.

Por eso River no claudica. Continúa en pie. Con dificultades y con problemas, pero sin expresar que lo achican las grandes complejidades. O los contextos desfavorables. No se permite River este tipo de traspiés. Los supera. Y sin dar ninguna lección de fútbol en particular, brinda algo esencial: la imagen de un equipo duro., Muy duro.

Que nunca pierde en la víspera. Cruzeiro lo comprobó en el Mineirao ante su gente. No se pudo llevar por delante a River. En ningún momento. No pudo agrandarse como suele suceder con los equipos brasileños cuando tienen el público a su favor. River no se lo permitió. Sin infracciones sistemáticas. Sin demoras. Sin estrategias especulativas.

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En su búsqueda permanente, River denunció el objetivo de quedarse con todo durante los 90 minutos. Claro que falló en los últimos treinta metros de la cancha, donde se define todo. Falló en la sintonía fina. Porque Cruzeiro reveló ser menos que River, aun jugando de local.

Y esto no es un dato para subestimar. Un equipo brasileño con historia que se siente menos que su adversario actuando en su estadio, es muy probable que también califique la estatura del que tiene enfrente.

Los penales le dieron a River la llave para estar en cuartos (Armani, muy eficaz debajo de los palos e inseguro cuando salió a cortar los centros, atajó dos ejecuciones) y de ninguna manera pareció injusto. Es más: era lo que correspondía.

El equipo, a pesar de la claridad en ataque que por ahora no tiene, se mantiene reivindicando su solvencia colectiva. Por eso es un serio aspirante a volver a ganar su quinta Copa Libertadores. Enarbolar la mística que fue construyendo con Gallardo puede ser un lugar común. Pero hay lugares comunes que no vale la pena desestimarlos.

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