La corrida cambiaria de las últimas semanas arrasó con las previsiones optimistas del equipo económico. Los cálculos preveían un panorama que diversas variables modificaron para mal.

Cuesta entender en este contexto cómo es que hace poco más de seis meses Cambiemos desfilaba en las elecciones imponiéndose en la mayoría del país. Incluso hasta hace un puñado de días, el gobierno seguía teniendo todos los boletos para garantizarse la reelección. Hoy todo es más difuso, con resultado incierto.

Las elecciones de medio término parecieron ser no solo un aval para la administración Macri, sino también garantía de 6 años más en el poder. ¿Qué pasó desde entonces para haber revertido una tendencia que se presumía tan favorable? Las de 2017 serán recordadas como las primeras elecciones en las que la economía no pesó a la hora de emitir el voto. El gobierno se regodeó de ese dato, e interpretó acertadamente que la ciudadanía había privilegiado otros factores, pero sobre todo las expectativas favorables respecto de un futuro mejor. Por eso fue que el primer dato que encendió alarmas en el oficialismo fue una baja precisamente de esas expectativas.

No fue la pérdida de imagen de Mauricio Macri a partir de la reforma previsional tan deficientemente explicada por el gobierno y tan bien manejada por la oposición dura que motorizó las protestas. Lo que alertó a quienes analizan los números de ponderación fue cuando las expectativas positivas entraron en una pendiente. Porque hablamos de confianza, lo más difícil de recuperar.

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Este es un gobierno que a fuerza de promesas que demoran más de lo previsto en plasmarse, ha generado dudas en sus propios votantes. Porque el “segundo semestre” que con tanto optimismo se garantizó, demoró un año en llegar. Debió haber sido la prueba de que los pronósticos plasmados en planillas elaboradas puntillosamente por técnicos pueden llegar a ser falibles. Esa confianza ciega hacia los resultados de esos trabajos tan puntillosamente elaborados pueden representar el pecado original de Cambiemos. Porque omiten determinadas variables capaces de trastocar los resultados. Pequeño detalle. Un equipo económico tan ceñido a las metas termina enredándose en datos que no se cumplen. Lo malo es cuando las mantiene, aun al verificarse erróneas, y peor es cuando las cambia, con resultados perniciosos.

Justifican las metas como una cuota necesaria de previsibilidad. La previsibilidad es buena, si es certera. De lo contrario degrada la credibilidad.

El gobierno pronosticó una inflación del 25% para el primer año, que terminó siendo de casi 40 puntos. En 2017 calculó un 17% de inflación, que fue de casi el 25%, y para su tercer año se estimó un 10%, recalculado en 5 puntos más el 28D, inmediatamente después de aprobado el Presupuesto 2018. Hasta hace algunas semanas firmaban con las dos manos un 18%, y luego se conformaban con el 22... Hoy no se animan a hacer cálculos. Y bien que hacen.

Porque hace apenas dos meses, después de un verano incómodo para el gobierno, pues la política no dio buenas noticias, pero la economía mostró una inflación más briosa de lo previsto, el optimismo seguía reinando en el equipo económico. Sus datos eran prometedores. Reconocían que con el kirchnerismo la inflación anual no revelada era del 25%, pero con las tarifas congeladas, y el dólar sistemáticamente por debajo de la inflación.

Hoy con datos sincerados, la buena noticia que prometían las autoridades económicas era que el proceso de suba de tarifas estaba muy próximo a terminarse. “Con lo cual, en el momento en que ya no haga falta subir más tarifas, la inflación va a caer como un piano”, garantizó ante este medio un encumbrado funcionario de Hacienda.

La confianza de los funcionarios era explicada con datos de las consultoras privadas. Señalaban que lo que estaba esperando el mercado para la inflación era que este año bajara 5 puntos con relación al año pasado, y que descendiera otros 5 en 2019. Con otros 5 puntos en 2020, a ese ritmo el mercado esperaba que en los próximos tres años la inflación bajara 15 puntos. “Y si esas estimaciones se cumplen, estamos hablando de inflación de un dígito, que es hacia donde vamos”, garantizó el funcionario consultado por DIARIO POPULAR.

Claramente esos papeles se quemaron cuando se desató la corrida cambiaria la última semana de abril y el dólar empezó a desbocarse. Pero ya venía complicada la meta cuando los datos de marzo y abril siguieron dando elevados. Por eso fue que para mayo las autoridades económicas y sobre todo el Banco Central, que es el que debe bregar por contener la inflación, buscaban que sí o sí el índice fuera bajo. Fue la razón de que el BCRA descargara todas sus baterías cuando la tasa subió en Estados Unidos y los capitales golondrina volaron lejos. Mientras nuestros vecinos devaluaban sin culpa, el Central se enfrascó en una pelea desigual y onerosa para frenar a la divisa norteamericana. Eso fue la primera semana; después siguió el drenaje, y así estamos.

“Los argentinos debemos acostumbrarnos a un dólar flexible”, explicaba en marzo un subsecretario de Hacienda que presentaba el dato como una novedad, pues “en la Argentina no pasó nunca. En la medida que eso avance, que va a llevar tiempo, los argentinos van a prestar cada vez menos atención al dólar”, explicaba. Eso no estaría sucediendo.

Los cálculos ya probadamente errados alcanzaban a los salarios y en ese marco sugerían que podrían crecer este año 2 o 3 puntos por arriba de la inflación. Otras expectativas estaban depositadas en el crecimiento. 2017 tuvo un 2,8%. Para este año se esperaba un 3,5%, aunque se admitía que la sequía podría restarle algo más de medio punto. Será más, y ahora el propio Nicolás Dujovne ha admitido que la devaluación afectará los precios y también el crecimiento.

A la hora de interpretar las razones de los números errados y los cálculos incumplidos, habrá que volver a pensar en esas planillas puntillosamente elaboradas que no contemplan otras variables. Que no tuvieron en cuenta la llegada de Donald Trump, cuando se imaginaba la continuidad de las políticas de Obama a través de Hillary Clinton. Que ya no habían previsto el Brexit, pero que en ninguno de los dos casos alteró el rumbo ante los cambios de escenario.

Un gobierno que liberó los precios de los combustibles, en un mundo en el que el crudo vuelve a crecer con picos récord -conforme la inestabilidad de Medio Oriente-, y con un dólar flotante que inexorablemente repercute en el valor del fluido. Y éste en la inflación.

Que imaginó el avance de reformas con una oposición capaz de frenarlas o, cuanto menos, modificarlas. Un gobierno que planteó metas de inflación bajas, con un reacomodamiento de tarifas que inexorablemente impactaría en esos índices. Si no repercute en la inflación, congela la economía, y ello afecta el crecimiento.

En definitiva, esos técnicos que hoy tratan de encontrarle la vuelta a la corrida cambiaria, manejaron la economía como un cubo mágico: cuando una cara se completa, se desarman las otras.

El equipo económico celebró ayer haber ganado una batalla brava. Será importante que aprendan las lecciones de estos dos años y medio como para encarrilar un rumbo que -tendrán que entenderlo- no siempre sigue la recta trazada originalmente. Hay un sinnúmero de factores que inciden.

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