Cree que las circunstancias moldean a los actores, pero el oficio impide que los trazos de ese cincel cotidiano se noten sobre el escenario. Está convencido que el teatro constituye un dique de contención que ayuda a reflexionar a los seres humanos sobre los aspectos esenciales de la existencia humana. Tiene una mirada algo melancólica sobre la vida. En esta ocasión, Jorge Suárez, quien forma parte del elenco de la obra teatral “El Inspector“ de Nikolai Gógol, que se exhibe en el Teatro San Martín, responde a los interrogantes que se le formularon en la siguiente entrevista con la lucidez que lo caracteriza.
l Las circunstancias que atraviesa en su vida personal, ¿influyen en su rol profesional?
-En realidad, todo lo que te pasa en el aspecto emocional no se encuentra al margen de lo que hacés. De todos modos, uno tiene el oficio necesario para intentar centrarse en el trabajo específico.
l ¿La vida moldea al actor?
-Sí. A veces, lo hace más fuerte y, en ocasiones, lo debilita. En lo que a mi respecta, me hizo descubrir que lo esencial es tener la posibilidad de disfrutar de los sentidos.
l Tal descubrimiento, ¿nutrió su labor actoral?
-Sí, porque yo no separo mi oficio de actor de lo que me pasa en la vida. De cualquier modo, cuando subo al escenario, estoy entregado a la obra.
l Por otro lado, con el tiempo, uno no es el mismo del que fue.
-Uno cambia, pero eso no significa que nos convirtamos en otra persona.
l ¿Qué lugar ocupa el trabajo en su vida?
-Un lugar muy importante, porque mi oficio me constituye como ser.
l ¿Uno es lo que hace?
-Absoluta y definitivamente.
l ¿Qué lo impulsa a actuar?
-Una enorme satisfacción personal y la ilusión de intentar modificar aunque más no sea a un espectador por función, para que esa alma se vea reflejada en el espejo del teatro y pueda reflexionar sobre los temas centrales de la vida.
l ¿Por qué lo dice?
-Porque cuando encendés la tele, los noticieros te taladran la cabeza todo el día con las mismas noticias y llegás a creer que los problemas son sólo eso y, en verdad, los problemas son otros.
l ¿Problemas existenciales?
-Claro, el verdadero problema es que nos vamos a morir, que debemos tomar conciencia que la vida es finita, que la vida es hoy y que, por ende, una sonrisa vale oro, que el amor es vital y que los hijos son la felicidad. Los verdaderos temas esenciales son: la muerte, el amor, el sexo y las ausencias.
l Ante esa tendencia narcótica, ¿el teatro puede constituirse en un dique de contención?
-John Lennon decía: “La vida es lo que nos sucede mientras estamos ocupados en otra cosa”. El teatro nos está diciendo: “Paremos un rato, pensemos, disfrutemos de este tiempo y de este espacio”, pero para lograr que ese hecho teatral se concrete, los actores necesitamos del espectador. El punto es que hay mucha perturbación y eso se nota por medio de los teléfonos celulares.
l ¿A qué se refiere?
-Cuando yo hacía “Freud”, entraba a escena a oscuras y, a pesar que habían pedido en tres oportunidades que apaguen los teléfonos celulares, notaba que al menos la mitad de la platea estaba con el teléfono encendido. Eso genera una perturbación. Yo pensaba: “¡Qué lástima que me trajiste a la realidad! La idea es que estuviésemos juntos en otro universo”. Es algo ambicioso, pero de eso se trata.
l ¿Cómo describiría su derrotero de vida?
-En principio, me siento afortunado por haber podido llegar hasta acá. Mi camino tuvo muchas idas y vueltas. Tengo un amor desde hace 24 años que es Laura Singh, mi mujer, con quien formé una familia. Hasta que la conocí, no estaba seguro de poder compartir todo lo que me pasaba con alguien. Mi vida fue emocionalmente muy movediza. A los 18 años, ingresé al conservatorio y mi existencia se convirtió en otra cosa. Yo le debo la vida al teatro y a este oficio que me apasionó, que me llenó de texturas, colores, temperaturas y sensaciones que no tenía tan registradas ni tan a mano.
l Hasta ese descubrimiento, ¿andaba a la deriva?
-Yo era un típico hijo único de clase media. Ni bien terminé el secundario empecé el conservatorio. Casi no estuve boyando. De inmediato, me apasioné. Después me comí algunos tortazos y en democracia, fui el primer presidente del centro de estudiantes del conservatorio, comprendí que podíamos reclamar por nuestros derechos, pero desde un lugar muy pacifico.
l ¿Con qué ojos mira la vida?
-Tengo una mirada de la vida un tanto melancólica.
l ¿Por qué?
-Porque como sé que nos vamos a morir y tengo la clara sensación que estamos acá de paso, suelo mirar la vida con nostalgia y melancolía. Esa es mi tendencia.i
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