Las ciento una velitas que el astro hollywoodense Kirk Douglas soplará hoy con, por lo que se sabe, buena salud, lo ponen en un plano de igualdad con Olivia De Havilland -la Melanie Hamilton de “Lo que el viento se llevó” y que cumplió la misma edad en julio pasado-, dentro de esa categoría de seres que de por sí son inmortales gracias al celuloide.
Douglas fue famoso por el hoyuelo que tenía en el mentón, en plena competencia con Robert Mitchum, y para muchos será por siempre la cara del esclavo insumiso Espartaco, del filme homónimo; el Vincent Van Gogh de “Sed de vivir”, el Capitán Nemo de “20.000 leguas de viaje submarino” o, para los más cinéfilos, el Coronel Dax de “La patrulla infernal”.
Nacido como Issur Danielovitch Demsky en Amsterdam, Nueva York, el 9 de diciembre de 1916, hijo de inmigrantes rusos de origen judío, a los que recordó en una vieja entrevista como “pobres y analfabetos; al llegar a Estados Unidos creían que las calles iban a tener adoquines de oro” y recordó que su padre “se hizo trapero porque a los judíos les estaba prohibido trabajar en las fábricas”.
Desde esa pobreza -”Era tan pobre que no hubiera podido bajar más”, señaló- tuvo el suficiente empuje para abrirse paso en la vida y llegar donde llegó.
Siempre apuntó a lo más alto y su extraordinaria fuerza interpretativa, su apostura física y su inmenso talento dramático lo convirtieron en una de las más rutilantes estrellas de posguerra dentro de un equipo que integraban también Burt Lancaster, Gregory Peck, Montgomery Clift, Richard Widmark y Humphrey Bogart, entre pocos más, y que mantuvieron el interés de las plateas al filo de 1950, cuando el cine debió enfrentarse al peligroso auge de la TV.
Cumplió papeles de reparto en teatros de Nueva York y Pensilvania, hasta que sólo en 1941 Broadway le abrió sus puertas para que debutase en “Otra vez primavera”, y al año siguiente tuvo otro papel secundario en “Las tres hermanas”, de Antón Chéjov, hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial y fue llamado por la Marina estadounidense que demoró el esperado ascenso al estrellato.
Al volver a la vida civil debutó en cine con “El extraño amor de Martha Ivers”, de Lewis Milestone, que en 1946 cambió su destino para siempre. En su extensa filmografía, con más de 60 títulos, hay lugar para “Electra” (1947), de Dudley Nichols, “Cadenas de roca”, de Billy Wilder, “La antesala del infierno” (1951), de William Wyler, “Sangre en el río” (1952), de Howard Hawks, “20.000 leguas de viaje submarino”, de Richard Fleischer, y “Ulises” (1954), de Mario Camerini.
La lista sigue con “Sed de vivir” (1956), de Vincente Minnelli, “La patrulla infernal”, de Stanley Kubrick, y “Duelo de titanes” (1957), de John Sturges, “Los vikings” (1958), de Fleischer, “El último tren”, de Sturges, y “El discípulo del diablo” (1959), de Guy Hamilton y “Espartaco” (1960), de Kubrick.
El último título protagonizado por el centenario actor visto en salas argentinas fue “Herencia de familia” (2003), de Fred Schepisi, y a lo largo de toda esa carrera Douglas tuvo tiempo para casarse con Diana Dill y luego con Anne Buydens -aún con vida-, con quienes tuvo a sus hijos Michael, Joel, Peter y el fallecido Eric; el primero de ellos con una jugosa historia profesional y personal.
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