Argentina, según los datos de Wyscout, una aplicación de bigdata utilizada por los equipos más importantes del mundo para estudiar rivales y partidos, repitió varios patrones con Bauza. Los rivales parecen haberle encontrado la vuelta, el punto débil: a la Selección hay que darle la pelota, refugiarse y jugarle de contragolpe; dejar que acumulen pases, que tengan la posesión porque, en algún instante, habrá un descuido, una hendija donde infiltrar un golpe letal.
En los cinco partidos jugados durante el invierno de Bauza, Argentina ganó uno, empató dos y cayó en los otros dos. Hizo cinco goles y le convirtieron ocho. Y, a excepción de los compromisos contra Venezuela y Paraguay, siempre sufrió más chances de gol de las que provocó. Contra Uruguay, la noche de la expulsión de Paulo Dybala, tuvo tres situaciones —solamente el disparo de Lionel Messi fue al arco— y le generaron cinco; ante Perú llegó cinco veces y le llegaron 14; y ante Brasil, la noche del "no fue baile", inventó cuatro posibilidades de convertir, pero lo atacaron ocho veces y le metieron tres goles.
Sin embargo, este parámetro no se explica con la falta de tenencia del balón. Argentina siempre tuvo más posesión que su rival. En tiempo neto, manejó la pelota 33 minutos contra Uruguay, Venezuela y Perú. Ante Paraguay, en Córdoba, la guardó por 39 minutos, mientras que en Belo Horizonte fueron 38. Inclusive la supremacía se repite con la cantidad de pases: Argentina siempre sumó más toques que sus rivales.
Entonces, ¿el problema es que la Selección no tiene la pelota? Los números sentencian la respuesta: no. Argentina maneja la pelota por decisión de los rivales. Por respeto y estrategia de los contrincantes. Ningún equipo, hasta el momento, se animó a disputarle la tenencia: todos soltaron el balón para atacar los espacios que el combinado nacional deja detrás del medio campo, la estancia cuidada por los peones perdidos: Pablo Zabaleta, Nicolás Otamendi, Javier Mascherano, Ramiro Funes Mori y Emanuel Más.
El híbrido de Bauza no es un híbrido: es una contracara de su discurso, es la inseguridad de quien no sabe qué debe hacer cada vez que entra a la cancha. El mensaje, hasta el momento, no penetró a sus jugadores. No hay estilo de juego, no hay alma. Lo único que hay, se sabe, es un jugador diferente. En él descansan las posibilidades de ganarle a Colombia y revivir en las Eliminatorias.
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