Si la receta para ganar un clásico aconseja hacer el gol en el último minuto para que sea perfecto, la manera en que Banfield se quedó con el partido ante Lanús es también un capitulo escrito: un golazo y a aguantar. Pudo ampliar a partir de la individualidad de Juan Cazares, pero Fernando Monetti se quedó con sus dos remates soberbios. Sin espacio para hacer dos pases seguidos, pero con el sabor del triunfo en casa ajena, el equipo de Claudio Vivas festejó en la fría noche del conurbano.
Cuando parecía que el primer tiempo no tenía más que el inusual parate por la "falta" de Sergio Vittor al árbitro Germán Delfino -el Chino lo tumbó y quedó un par de minutos grogui-, apareció el gol. Fue un contragolpe rápido que encontró a Mauricio Cuero por izquierda, quien quebró la cintura para dejar a su marcador, Carlos Araujo, en el suelo y entrar al área con pelota dominada: después de levantar la cabeza, sacó un remate que clavó en el ángulo que había divisado.
Lanús era el que buscaba y apelaba básicamente a su ancho de espada: Lautaro Acosta que es más rápido que la media, tiene mejor técnica y no se repite jugada a jugada. Lo mismo hizo en la segunda parte, cuando el equipo de Claudio Vivas tomó las amarras y no soltó la cuerda para cuidar lo que amasaba y se quería llevar a su casa.
Con el correr de los minutos, Lanús tuvo a su desesperación como principal adversario y con poco el Taladro le caía encima, básicamente aprovechando la marca endeble de Araujo que no le alcanzaba el oficio para suplir la velocidad de Giovanni Simeone o Cuero.
Banfield logró con esas armas ganar el clásico, pero en los días que suman la ausencia de Matías Almeyda, el equipo perdió su sello. Es imposible distinguir la idea que plasma en la cancha. O no le sale y recurre al pelotazo esconder errores, o diluyó su identidad con un invicto que por ahora silencia cualquier crítica.
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