En la mañana del miércoles 3 de noviembre de 1999, sentado en una platea lateral del estadio Artemio Franchi, en ese pañuelo de seda que es Florencia, donde jugaba para la Fiorentina, Gabriel Batistuta, apelando a la reflexión, nos contaba cuales eran sus prioridades a los 30 años.
En la soledad de ese escenario, afirmó convencido: “Mi vida no es una pelota de fútbol. Es mucho más que una pelota de fútbol. La verdad es que yo nunca tuve una pelota en la cabeza. No me gusta conversar demasiado de fútbol ni dramatizar sobre algo que ocurrió dentro de una cancha. No lo entiendo. Una derrota me provoca en el momento una gran calentura, como a todo el mundo, pero no me quedo con esa sensación de agobio durante las veinticuatro horas del día. No me pego la cabeza contra la pared por un gol más o un gol menos”.
Aún en el éxito más rotundo y gozando de un gran reconocimiento mundial, el fútbol no le alcanzaba como abastecedor de emociones y plenitudes. Precisaba otro tipo de estímulos que trascendieran el universo deportivo.
A 18 años de aquellas palabras que le regaló a la revista El Gráfico casi en tono de confesión, las declaraciones actuales de Batistuta denuncian que tiene la necesidad existencial de estar dentro del fútbol.
Si lo ataca la nostalgia o no, lo sabrá solo él, pero aquella postura que no era una sobreactuación y que parecía mantenerlo distante y reactivo a las luces del ambiente, hoy no la ratifica.
Quiere volver al fútbol. Por eso se lamenta de que no haya podido concretarse su vinculación con Boca en el rol de manager. “Me llamaron de Boca. Aunque nunca lo hizo Angelici y después parece que cambiaron de idea y dejaron de llamarme”, comentó hace un par de semanas con aire triste y resignado.
No es la primera vez que Batistuta, casi siempre más sensible y cercano a los silencios que a las estridencias, expresa que lo están dejando afuera de su lugar de pertenencia, confirmando que ni en la Selección ni en otro club le dan una chance, más allá de la oportunidad que ya tuvo como manager de Colón desde diciembre de 2011 hasta enero de 2013 cuando renunció al cargo por “cuestiones particulares”.
Quizás por eso mismo aquella figura de hombre políticamente correcto y aquellos silencios que sabía cultivar cuando frecuentaba esos bombazos made in Batistuta, se terminaron agotando. “Para la AFA no existo”, sentenció elaborando una queja pública como si se sintiera olvidado o desplazado por los espacios de poder.
Es probable que Batistuta a los 48 años no encuentre un refugio deportivo a la altura de sus exigencias. Su independencia proclamada del fútbol la manifestaba, sin ambigüedades, mientras jugaba.
Luego del retiro en el 2005 quiso construir otros vínculos. Pero ninguno se equiparó al fútbol. Ninguno lo colmó. Y ese vacío intransferible hoy revela el verdadero contenido de sus necesidades.
“Yo soy un duro como mi viejo, quien nunca me regaló un abrazo. Pero no porque no fuera un buen padre; que lo es, sino porque no le salía. Es igual a mí. Yo no puedo expresar los sentimientos. No puedo. Es más fuerte que yo. A veces me gustaría decirle a un amigo que lo aprecio, que le tengo afecto, pero no me sale. Me gustaría cambiar. Demostrar más lo que tengo adentro. Y no reservarme tanto las cosas. Pero no es fácil. Lo intento y por ahora no lo consigo. Pero no me resigno”, dijo emocionado aquel 3 de noviembre del 99.
A 18 años de ese encuentro en el estadio Artemio Franchi, la realidad es que Batistuta ya cambió. Y demuestra lo que antes escondía.
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