A una fecha del cierre del torneo, Boca se consagró campeón de una Superliga que de super solo tuvo el nombre. El equipo conducido por los Barros Schelotto fue un campeón totalmente despojado de riqueza y armonía colectiva. La diferencia la marcaron algunas apariciones individuales, como antes la expresó Benedetto y ahora Pavón y Wanchope Abila. Sin funcionamiento, quedó a merced de los altibajos que demoraron su anunciada consagración

Terminó, aunque todavía falta una fecha para el cierre. Boca es el campeón de la sobreestimada Superliga, que de súper no tuvo nada de nada. ¿Qué dejó Boca como mensaje futbolístico? La pregunta es fatal. Porque Boca fue apenas un equipo de apariciones. Antes, de Benedetto hasta que se rompió, algo del errático y siempre irascible Pablo Pérez, intentando convertirse en el capo que no es y por supuesto Pavón y en la última recta Wanchope Abila, desplazando el aporte insustancial de Tevez.

Las apariciones de algunas individualidades fueron el principal combustible de este Boca que abrazó el bicampeonato bajo la conducción de Guillermo y Gustavo Barros Schelotto. Hablar del equipo como una expresión colectiva ya es mucho más difuso y permeable a la crítica. Porque Boca lejos estuvo de ser un buen equipo. No lo fue.

Para contrarrestar esta apreciación se pone arriba de la mesa los días, semanas y meses que Boca está en la punta. Un argumento matemático que se agota en el marco de las estadísticas. El fenómeno cultural del fútbol, naturalmente, trasciende la realidad objetiva que refleja una tabla de posiciones.

Si el fútbol solo fuera una suma de números que ordenan determinados mapas, se hubiera muerto de aburrimiento hace mucho tiempo.

El juego del fútbol siempre cabalgó por encima de los números. Por eso despierta pasiones. Porque no lo clasifica nadie. Es cierto, Boca llegó primero. Como había llegado primero en el campeonato anterior. Ambas conquistas (merecidas, justificadas), sin embargo no encontraron contenidos irrefutables. Por el contrario; los contenidos futbolísticos fueron discretos. Y en algunos casos, mediocres.

Cuando los Barros Schelotto llegaron a Boca hace poco más de dos años, en especial Guillermo, estaba mejor considerado por el ambiente que ahora. En Lanús parecía despegar un entrenador con una idea clara: jugar bien para ganar bien. Ese era el mensaje que circulaba y que estaba avalado por las producciones del equipo.

Cuando arribó a Boca la expectativa se enfocaba en lo que había realizado en Lanús, que después con el técnico Jorge Almirón adquirió un vuelo superior. Parecía que Guillermo y Gustavo podían estar en condiciones de darle a Boca algo que no pudo construir el Vasco Arruabarrena en su etapa anterior: una línea, un estilo, una idea.

La verdad es que esa demanda no se plasmó, más allá de los voluntarismos. Boca ganó el campeonato doméstico, pero la línea, el estilo y la idea quedaron como grandes asignaturas pendientes. O como deudas evidentes que nunca pudo saldar. Deudas que el cuerpo técnico no admitió, lo que hace mucho más difícil emprender el camino de una evolución reclamada.

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Ese crecimiento anunciado de Barros Schelotto no terminó encontrando en Boca una vía de realización efectiva. El equipo, aún ganando, no expresó un despegue. No tuvo funcionamiento, salvo en períodos muy breves. Y esa inobjetable ausencia de funcionamiento, también revela la ausencia de certezas que dejó traslucir el desempeño de Barros Schelotto.

Se podrá decir, con razón, que Lanús no es Boca. Que son distintas las audiencias, la repercusión mediática, las circunstancias y obligaciones que envuelven a los planteles y que son otros los jugadores, pero la idea podría haber sido la misma. Esa idea y convicción para afrontar los partidos en Boca se circunscribió a una postura ofensiva. Y a un proyecto de ataque subordinado a determinadas apariciones.

En este sentido, Boca no fue otra cosa que un culto a la individualidad. Al peso decisivo de algunas individualidades muy influyentes en la chapa final de los partidos y del rumbo del campeonato. Cuando esos jugadores no aparecieron en su máxima expresión, Boca cayó, como lo hizo en la reciente Supercopa Argentina frente a River, o en la semifinal de Copa Libertadores ante Independiente del Valle en 2016, o en cuartos de final de la Copa Argentina frente a Central también en 2016, o en octavos de Copa Argentina otra vez ante Central en 2017, o las penurias actuales en la Copa Libertadores, dependiendo de resultados ajenos en la última jornada.

En el mano a mano ya citado, Boca naufragó. En la carrera de largo alcance, como este torneo, ganó. Pero esta nueva coronación no le alcanza. El campeonato obtenido es un alivio, un aliciente, una caricia. No más que eso. Todos lo saben. La comunidad xeneize también.

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