¿Sobreactúa Carlos Tevez en su última etapa en Boca, como si asumiera que ya está para ser el furgón de cola de otros compañeros con más posibilidades efectivas de jugar? Cuando planteamos un interrogante en relación a si sobreactúa o no, nos remitimos a sus últimas declaraciones públicas en auténtico tono de amor y paz, entendiendo a partir de sus palabras que no va a ser una fuente de conflicto si le tocara quedarse más afuera que adentro del equipo titular.
En este marco, Tevez dejó hace unos días ante la prensa algunas frases que reproducimos: “Si me toca ir al banco lo hago contento. Me pone feliz tener los compañeros que tengo”.
“El técnico ya dejó bien en claro que yo no soy la primera opción. Eso lo sé y también lo acepto”. “El día que tenga cara de orto y tenga ganas de hacer quilombo en el club que amo, daré un paso al costado y me iré”.
¿De dónde salió este Tevez tan light, componedor, comprensivo y hasta con un aire resignado respecto a sus chances reales de integrar el equipo desde el arranque de los partidos? Suena extraño tanta generosidad y amplitud discursiva para interpretar su evidente declinación futbolística a los 34 años.
No está de más recordar que Tevez fue siempre un hábil declarante. En general, supo relacionarse con los medios sin irse a la banquina. Y explotar en cada oportunidad que se le presentó su perfil de muchacho que surgió del suburbio más profundo y pauperizado, con la bandera de Fuerte Apache flameando detrás.
Pero Tevez hace demasiados años que dejó Fuerte Apache, más allá del programa que en estos días grabó con Susana Giménez evocando otros amaneceres y otros crepúsculos en el territorio que desde pibe lo cobijó.
Claro que cuando necesita recurrir a esa potente simbología de desamparo y ausencia del Estado para generar una corriente de empatía e identificación con las distintas audiencias, no lo duda. Lo hace. Como ya lo hizo en muchísimas circunstancias. Incluso promoviendo que es “el jugador del pueblo”.
Hoy, en medio de tantas idas y vueltas apelando al sentimiento por Boca, después a la oferta económica insuperable del fútbol chino donde en una temporada jugó poco y nada y su nuevo regreso a Boca ya sin la chapa de delantero indiscutido, se adivina otra búsqueda de Tevez: la del jugador agradecido que volvió a su viejo refugio para ofrecer su corazón.
¿Será así? ¿Regresó Tevez desde China para ser una tercera opción en el numeroso plantel que conducen Guillermo y Gustavo Barros Schelotto? Sabe Tevez como lo sabe cualquiera que frecuente el fútbol, que con su actualidad ya definitiva no está para imponer las condiciones que imponía antes. Eso forma parte del pasado. De un pasado en el que sin dudas tuvo conductas manipuladores con algunos entrenadores de la Selección, presionándolos mediáticamente para que lo convocaran, como ocurrió por ejemplo con Sergio Batista en la antesala de la Copa América de 2011.
¿Para qué está Tevez? Para ser el segundo o tercer cambio del equipo. Esta realidad por la que le toca transitar puede verbalizarla con una dosis muy importante de corrección política y de diplomacia bien ejecutada. El tema central es que no le queda otra alternativa. Si le da cuerda a su ego que por supuesto no es menor (en algún momento de su estupenda carrera hasta se puso a la par de Messi y también pretendió competir con Riquelme como ídolo boquense), va a salir muy mal parado. Por eso en la actualidad eligió subirse con una humildad sospechosa a la cumbre de la prudencia.
Su estela de crack que no admitía postergaciones ni cuestionamientos de ningún tipo, quedó pegado a otros tiempos. Ahora, Tevez corre detrás de una zanahoria más modesta: seguir en Boca hasta fin de año, tener una participación incierta en la Copa Libertadores y cerrar un 2018 sin conflictos a la vista.
Otras expectativas. Otros escenarios. ¿Otro Tevez? ¿O el mismo de siempre pero en puntas de pie esperando su oportunidad para patear el tablero?
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