¿Quiénes quieren seguir jugando en el fútbol argentino? La respuesta es mucho más simple de lo que cualquiera pudiera imaginar: aquellos que no recibieron ninguna oferta del exterior. Los que la reciben, incluso de países sin historia ni tradición futbolística, poco menos que se van colgados del ala de un avión.
¿Qué los estimula a abandonar la Argentina casi de la noche a la mañana? La respuesta también es simple y sencilla de elaborar: los dólares prometidos. Los que reciben y los que quedan por el camino. Se quieren ir los pibes como Ezequiel Barco (con 18 años) a jugar a Estados Unidos y se quieren ir los veteranos como Carlos Tevez (33 años) a la liga de China, aunque ahora pretenda regresar en nombre de nostalgias tribuneras que son falsas de toda falsedad.
La realidad inocultable es que se quieren ir todos. Aquí juegan solamente los que no tienen lugar afuera. En esta desesperación por irse a cualquier destino (Rusia, Estados Unidos, China, Arabia o lo que se presente arriba de la mesa en cualquier negociación), los jugadores fueron naturalizados por el sistema como auténticos objetos de consumo sin capacidad real de decisión.
Por eso no importa dónde. Importa partir. Borrarse de la Argentina cuanto antes. Si están bien o mal asesorados por los familiares, amigos, representantes o intermediarios, poco interesa.
Ortega, como tantos otros casos menos públicos, experimentó la crisis capitalista y existencial del hombre asfixiado por las obligaciones. Los dólares no le alcanzaron para tapar su alto nivel de desamparo. Y huyó de Turquía entre el miedo y la angustia. Se podrá decir que Ariel Ortega dibujó lo que no suele dibujarse. O incluso más de uno desde un pensamiento reaccionario podría interpretar que Ortega siempre fue un eslabón perdido que no vale la pena tomarse como un ejemplo.
Los jugadores siempre creen que ellos son los que toman las decisiones importantes. El microclima mercantilista y lineal que frecuentan les hace creer eso. Pero no es cierto. No toman ninguna decisión importante respecto a su futuro. “Mientras jugaba vivía en una burbuja, pero recién me di cuenta después del retiro”, nos dijo hace unos años el Pato Fillol casi en un tono de resignada confesión.
El mandato cultural que impera desde hace décadas en el fútbol argentino es que quedarse acá es propio de un boludo. Y nadie quiere serlo. Porque irse es además en cierto imaginario colectivo bien afirmado, pertenecer a la clase de los elegidos. Es triunfar, en definitiva. O tener una chapa virtual de triunfador mundano. Aunque no siempre se distingan las memorias de los triunfos.
Barco quiere partir y dejar Independiente. Le deben haber repetido los consejeros profesionales y anónimos de siempre que su ciclo en el club de Avellaneda ya está cumplido. Que tiene que asegurar el futuro de sus bisnietos. Y que en el Atlanta United de Estados Unidos va a encontrar todo servido en bandeja, para después pegar el salto a algún grande de Europa.
Promesas sobre el bidet, diría el hoy crepuscular Charly García. A Lautaro Martínez, de Racing, también lo deben acosar promesas parecidas. Esa abstracción siempre ratificada que es el sistema los quiere exprimir como una naranja apenas arrancan. Y los transforma en un objeto. Muy obediente con las reglas de juego. Y muy sensible y funcional a determinaciones ajenas. Que no necesariamente son las mejores.
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