Los rastros de su pena podían observarse desde cualquier sitio del universo. Según algunos escritos del cronista errante de los planetas esa huella lagrimosa era como la cola interminable de un cometa gris. Dicho relato fue hallado miles de siglos después, cuando de aquel fenómeno astral y emocional sólo quedaban rumores. Los documentos explicaban que era Dios quien andaba moqueando en los rincones de su cielo y que aquella angustia, de tanto en tanto, explotaba causando aquel disparate en los sistemas solares. La historia no ahondaba en cuestiones físicas, más bien advertía que la holgada amargura de Dios no crecía por el riego de ningún engaño amoroso, ni por traiciones, ni por estafas, ni porque el Diablo tenía 33 de mano: la causa de todo era el aburrimiento.
Se sabe desde tiempos inmemoriales que el aburrimiento es una tortura que mata de a poco y a paso lento y para Dios eso era un horror; él nunca se iba a morir. Entonces, en una de esas tardes grises cuando una tenaza le apretaba el pecho con mil nudos marineros, estrangulándole la garganta y mientras no sabía a quién cuernos rezarle para que acabe su calvario, sucedió lo inesperado. Un meteorito le cayó de sobrepique a medio metro de sus pies descalzos y le dio con rabia poniendo el empeine por debajo del bólido. No supo, ni en ese momento ni en toda su eternidad, las razones. Pero lo hizo. Fue un acto irracional y, sobre todo, un alivio que le sacó la mierda que estaba masticando.
Lo cierto es que esa bola luminosa salió girando sobre su eje y se acabó desintegrando en uno de los ángulos de cuatro estrellas que formaban un rectángulo. Se le abrió el arco, escribiría el cronista en las conclusiones de su trabajo. Un placer de los dioses, apuntan que dijo.
Entonces se la pasó años luces dándole a los meteoritos, primero con la derecha y luego descubrió que con el empeine de la zurda le daba más placer y mejor dirección. Un día, o una noche, decidió pararla y hacer jueguitos y casi se infarta cuando de buenas a primeras se dio cuenta de que, si la bajaba con el pecho, la bola podía caer rendida a sus pies.
Tipo curioso, Dios, quiso ir por más, y pensó en obstáculos para perfeccionar su diversión. Así fue que inventó o creó un arquero y luego de las costillas de aquel señor, al que obligó a usar las manos, fue por defensores a quienes eludir. Lo que siguió no viene al caso detallar y es fácil intuir.
La creación fue una fiesta para Dios y le dio vida a todo lo demás: pelotas, jugadores, árbitros, hinchas, música, jueces de líneas, delegados, campeonatos, camisetas, tv en directo y hasta periodistas deportivos (que los hizo al final y a las apuradas). Por supuesto se agarró la 10 y armó un campeonato. Lo ganó invicto y dio la vuelta olímpica en bicicleta por los anillos de Saturno (de ahí viene lo que tantas eternidades después hizo famoso el delantero de Huracán qué pasó a Boca).
Dios estaba feliz, pero un ligamento cruzado lo retiró de los campos de césped celeste. “La edad”, le dijo uno de los médicos, y le recetó: “A mirarlo por televisión”. El tipo intentó recuperarse, pero si para un humano ese proceso dura un año, ¡imaginate para Dios!, explicó el cronista sin muchos datos fehacientes, pero confirmando que no hubo partido despedida para ese retiro. A mirarlo por TV.
Una tarde se quedó dormido con un 0-0 entre su equipo y el de San Pedro y soñó un mega evento con millones de personas eufóricas, gritando, corriendo, dejando todo por eso que él había inventado. Estaba claro que al fútbol de su terruño le faltaba sangre. En resumen, creó el mundo, luego a las personas y finalmente al amor, el odio y las pasiones. No le costó tanto ya que todo lo hizo a imagen y semejanza de lo que ya tenía en su reino, pero sabiendo que pasaría a ser un simple espectador y que ya no tendría injerencia directa.
Millones de años después las cosas se cayeron de maduro, como la manzana de Adán y Eva, dos personajes que la historia oficial de la iglesia interpuso para tapar en el olvido, la verdadera razón; todo sucedió para que existiera el juego del balompié.
Esta explicación sobre el origen del fútbol ha estado circulando gracias a militantes fanáticos de aquel cronista errante de los planetas que decidieron declararle la guerra a los argumentos racionales y científicos, que cuentan que el fútbol es un deporte desde fines del siglo 19.
Tales señores, tan creyentes ellos, se apoyan en la idea primaria de que fue un fetiche de Dios que la tierra sea redonda como una pelota. Amparados en éste dato y en los relatos incunables ya comentados de manera breve, están haciendo circular un “paper reservado” que asevera: “A cada rato -4 años- al todopoderoso se le da por parar la pelota, por pisarla, por dormirla en su empeine”. Creer o reventar, de ahí la reiterada frase “hay un mundial, se para el mundo”.
A partir de toda esta historia es que ahora que Argentina debe jugarse su pase al mundial de Rusia, y sabiendo que Dios no es otario -por no decir boludo-, cuesta pensar que vaya a perderse de ver a Messi, posiblemente su mejor creación, porque la pelota no entró en el arco de Perú. Quizá no le haga falta meter la cuchara con un milagro o quizá sí, lo sabremos el martes, pero los resultados bien podrían hacernos pensar que está manejando el modo que entremos sin que se note tanto su acomodo. De lo que estamos seguro tras leer los informes reservados es que si Dios hizo al mundo como una pelota, no hay modo de que Messi falte a un mundial.
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