Hoy, a Pellegrino lo atienden sin sutilezas desde varios sectores que le critican sus decisiones y sus planteos. La realidad es que el equipo se cayó delatando su fragilidad estructural. Hace unos días ese mismo equipo no estaba en ninguna cumbre, pero denunciaba algunas mejorías evidentes. Y parecía que estaba en condiciones de dar un pequeño salto de calidad. No ocurrió. Todo lo contrario. Lo asaltaron todas las dudas y todas las incertidumbres.
¿Qué le pasó? Ante una adversidad (aquella derrota 1-0 ante los colombianos), el equipo se derrumbó. Perdió seguridad, soltura, tranquilidad. Y a Pellegrino lo acompañó un exceso de prudencia para interpretar los momentos y las necesidades. Esa prudencia excesiva se trasladó al planteo insustancial y tibio del equipo en Avellaneda y en Bogotá. Habría que considerar para no sorprenderse que la naturaleza de Pellegrino nunca fue compatible con las grandes audacias.
Es un técnico moderado, austero, calculador, cuidadoso, detallista. Este perfil no es ni bueno ni malo. Claro, según como se mire. Mientras el equipo iba dando pasos positivos, en especial en las dos victorias 3-0 ante Racing y River, daba señales que podía esperarse algo más para liberar una cuota mayor de agresividad futbolística.
Sin embargo ese análisis pecó de un error fundamental: Pellegrino no está perfilado para beberse los vientos. E Independiente, ya en cuartos de final de la Copa Sudamericana, precisaba disponer de una determinación superior para imponerle condiciones taxativas al equipo colombiano. No lo hizo. Esperó demasiado. Esperar no es refugiarse en el fondo. Esperar es no tomar decididamente la iniciativa. Ni de local ni de visitante. Esperar es ver que pasa. Hasta que las cosas pasan. Es jugar más con el pie en el freno que en el acelerador.
Y no funcionó. Dejó hacer al rival. Dejó pensar al adversario. Y se debilitó en los resultados y en los desarrollos. Faltó lo que no debe faltar en instancias definitorias: una presencia dominante. La presencia es lo que se transmite. Lo que contagia. Lo que se irradia. Aún no jugando bien. Aún en la desprolijidad. Aún en el torbellino, que no significa desorden ni desorganización. Es la polenta bien entendida.
Fue manso Independiente a jugarse las fichas. También había ido manso a enfrentar a Lanús por la Copa Argentina cuando perdió 2-0. Después, la caída inexpresiva frente a Aldosivi en Mar del Plata, lo expuso aún más. Y lo mostró vacío. Despojado de cualquier fortaleza anímica o futbolística. Entregado.
Pellegrino no es un fenómeno como anticipaban algunos oportunistas infaltables en virtud del crecimiento que había expresado el equipo, ni tampoco es un desastre como lo califican aquellos a los que las derrotas los interpelan mal. Es un entrenador con poco pasado (dirigió al Valencia y a Estudiantes) que recién está construyendo su carrera. Por supuesto, ya muestra sus características. Sus lecturas del juego. Y sus búsquedas tacticistas. Todo eso junto es nada más que un punto de partida. Solo un punto de partida.
Ahora tiene por delante el gran desafío de trascender la adversidad. Ahí se ve más que nunca la muñeca y la dimensión real de un técnico. Y esto no se logra con más táctica, más entrenamientos, más videos o más concentraciones. Está vinculado a la capacidad para transmitir una convicción bien firme. Con más o menos juego. Pero con una fuerza expresiva que en el fútbol de todos los tiempos tiene un concepto muy claro: ir al frente en serio. Que no es suicidarse como dicen los eternos pacatos del fútbol. Suicidarse es estar subordinado a los movimientos del otro.
Depende, en definitiva, de la autonomía de vuelo de Independiente. Y de la autonomía de vuelo de Pellegrino.
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