“Uno se enorgullece porque el equipo no cambió ni negoció sus formas”. La respuesta la brindó el entrenador de Lanús, Jorge Almirón, en una entrevista que concedió a Diario Popular el día previo al cruce ante Gremio por la final de la Copa Libertadores.
Almirón ponía en primer plano la identidad futbolística de Lanús. Esa identidad que el técnico reivindicó antes de la derrota por 1-0 frente a Gremio, es la que precisamente el equipo que conduce no reveló en Porto Alegre.
Y que cayó cerca del final, cuando el 0-0 parecía que iba a quedar sellado, otorgándole una ventaja apreciable para la revancha del próximo miércoles en su estadio.
Pero lo que planteamos trasciende esos relieves. El punto central es uno solo: Lanús en Brasil no jugó como juega Lanús. Algo muy similar hizo en el Monumental, en el partido de ida ante River por las semifinales de la Copa, cuando perdió 1-0. Aquella noche tampoco Lanús jugó como juega Lanús. ¿Qué hizo, entonces? Lo mismo que hizo en Porto Alegre: salió a defenderse, sin meterse dentro de su área. Salió a empatar. A dejar que el rival se viniera. Y en los dos casos, se quedó con las manos vacías. Derrota mínima aquí. Y derrota mínima allá.
Por eso aquella definición valiosa de Almirón cuando sentenció que “uno se enorgullece porque el equipo no cambió ni negoció sus formas”, hay que tomarla con pinzas. No es tan así. O no es así, directamente.
En instancias casi definitorias, Lanús pretendió modificar y modificó su libreto. En lugar de proponer, esperar. En lugar de ir, aguardar. En lugar de tomar la iniciativa, cederla. Frente a River, de visitante, le fue mal. Ante Gremio, de visitante, le fue mal. Como si no hubiera aprendido la lección. Como si no hubiera logrado interpretar que esos cambios de rumbos futbolísticos suelen estrellarse una y otra vez. Porque son cambios bruscos. Y en muchas oportunidades hasta incomprensibles para los jugadores, acostumbrados a desafiar las mayores o menores adversidades de otra manera.
Porque Lanús tiene en sus alforjas un made in Lanús. Una forma de jugar. Una forma de plantarse en la cancha. Una forma de asumir sus necesidades. Y esas formas, más allá de las dificultades, son las que deben mantenerse. Ser pragmático no es hacer lo que uno no sabe hacer. O no se siente cómodo haciéndolo.
La realidad es que esta vieja teoría del pragmatismo siempre reciclada no le cerró, aunque haya estado cerca de rasguñar una igualdad. No le cerró ni en el juego ni en la chapa final. Y pagó.
No hablamos de traición a un estilo y a una idea. Tampoco de renunciamientos históricos. No da para tanto. Pero sí de cierta claudicación. Una claudicación estratégica que condicionó al equipo. Y que pudo haberse evitado. Simplemente eso.
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