En vísperas del inminente River-Boca que se disputará el próximo domingo en el Monumental , habría que reconfirmar que el ambiente del fútbol argentino ya naturalizó la ausencia del público visitante, decretando una nueva derrota cultural. Lo que se construyó a la luz de las mayorías y minorías en los estadios se perdió en los escritorios del poder y en la impotencia estructural de los organismos de seguridad para desactivar la violencia organizada.

Aquellos dos episodios que se remontan a los últimos días de mayo y los primeros días de junio de 2004 cuando por las semifinales de la Copa Libertadores, Boca y River se enfrentaron en La Bombonera y en el Monumental sin público visitante, terminaron convirtiéndose en el anticipo, no deseado, de lo que años después llegaría.

Y lo que nueve años después llegó (desde junio de 2013) fue la confirmación de que el fútbol argentino solo iba a permitir que los partidos se disputaran con la presencia del público local, ante la impotencia e incapacidad estructural de las fuerzas de seguridad para resolver focos de violencia sin producir otras violencias peores.

La resignación explícita del ambiente del fútbol argentino se impuso por goleada. Y se naturalizó la ausencia del contrapunto de las hinchadas, que no necesariamente la protagonizan siempre los barras, como en muchísimas oportunidades la suelen describen los medios.

En la próxima fecha capturada por una nueva edición de un River-Boca que le tributa a la memoria viva y al presente de nuestro fútbol, esa medida discriminatoria de cerrarles las puertas a los hinchas visitantes, continúa debilitando de manera sustantiva el folklore de los espectáculos, que por supuesto no es el vandalismo ni la violencia organizada y hasta permitida de forma subrepticia por los espacios de poder.

En definitiva, se le fue quitando a la gente algo que históricamente siempre le perteneció. Y que parecía imposible de perder. Hasta que lo perdió, como se pierden tantas otras cosas más o menos valiosas sin que se promueva algo más que un registro de indignación momentánea que no alcanza para modificar ningún rumbo.

Esta derrota cultural no es menor. El fútbol siempre ha sido un fiel y reconocido escenario de la cultura popular. Si se daña o erosiona esa cultura y se restringen derechos de muy vieja data por falta de recursos logísticos y voluntad política para asfixiar al núcleo duro de la violencia, se comete un efecto colateral perturbador.

Porque el fútbol argentino se construyó y creció a la luz de las mayorías y las minorías en los estadios. Y no de estadios subordinados a las mayorías absolutas como ocurre ahora. Todos de un lado. Nadie del otro, salvo los jugadores y los cuerpos técnicos, cobijados por la soledad. Y por los sonidos del silencio cuando convierten un gol.

Esas soledades y esos silencios parecen extractos y documentos de otras geografías, de otros países, de otras costumbres y de otras formas de interpretar un partido de fútbol.

Aquí, en la Argentina, en la octava fecha en que se jugará River-Boca, quedará en un plano oculto pero también visible para aquel que lo quiera ver, todo lo que quedó atrás: los estadios a dos voces, el gol que explota en la tribuna propia y explota también en la de enfrente, el goce repartido, los pesares repartidos y las burbujas intransferibles que cada uno imagina y edita cuando va a la cancha y cuando regresa.

Todo eso ya no está. Se entregó casi sin resistencias. Hay que recordarlo en los videos. O apelar a las memorias. No es nostalgia. La nostalgia tiene otros contenidos.

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