Por supuesto que no existe ni la más mínima intención de comparar en algún plano a Tevez con Diego. Maradona fue y es incomparable. Por eso estando al 30 por ciento podía ganar un partido fundamental él solo. Tevez al 30 por ciento tiene, por ejemplo, el rendimiento que mostró en la caída en semifinales de la Copa Libertadores frente a Independiente del Valle, cuando pareció que ya no tenía más nada para dar.
Pero de manera sorpresiva ese tanque vacío se llenó en los últimos partidos. Como si hubiera encontrado algo vital que lo estimulara. Sostener que el buen regreso de Gago a la Primera obró como un factor decisivo en los brillantes rendimientos que expresó Tevez contra Racing y River no deja de ser una observación voluntarista.
El tema no pasa por la mayor o menos influencia de Gago en el equipo, aunque sea importante y valioso su aporte en función de la capacidad que nunca resignó para manejar la pelota. El tema pasa por Tevez. Por lo que siente Tevez. Por lo que quiere hacer. O por los límites que él se impone en nombre de cierta saturación con el ambiente del fútbol. Y en especial, con el ambiente del fútbol argentino, en el que también participan los hinchas manifestándose en todos los espacios.
Esa exigencia full time que a Tevez lo exprime y lo agota, en realidad él la conoce casi en el mismo momento en que explotó en Boca hace poco más de 14 años. Por eso en varias oportunidades pidió licencias especiales para salir del foco. Para irse unos días con buenas compañías. Para desligarse del fútbol. Y para atender otros frentes.
Suele plantear Tevez en privado y en público esa figura inespecífica de agotamientos repentinos que lo persiguen. Que siempre tienen una raíz o una causa muy definida: las presiones del fútbol. Y como se naturalizan esas presiones. Bien o mal. Acá no hay término medio.
Dice Tevez que en la Argentina si Boca pierde no puede salir a pasear o a cenar tranquilo con su familia. Que en Inglaterra esto no sucedía. Y que esa tranquilidad que encontró en Manchester le provoca nostalgias. Porque es una tranquilidad permanente.
Debe tener razón Tevez. Y debe ser cierto que ese mundo externo que a veces le parece hostil condiciona sus producciones futbolísticas. Porque sus rendimientos son demasiado variables. Erráticos. Un partido muy bien. Otro partido muy mal. Para que se enciendan todas las alarmas en Boca, que ahora le están casi rogando que se quede 6 meses más, como afirmó en el Monumental Guillermo Barros Schelotto, atrapado en una euforia que también lo llevó a colgarse de los brazos del arquero Axel Werner luego del cuarto gol de Centurión, en una postal muy inoportuna para un entrenador que pretende ser calificado como un profesional serio, riguroso y muy aplicado.
Sobre el futuro inmediato de Tevez nada podría anticiparse. Salvo que lo anticipe él. Ese sueño dorado de jugar al fútbol y ganar muchísimo dinero (en Boca también gana muchísimo dinero) en China o en otro destino menos exigente, siempre convocó la curiosidad y la ambición de los que sienten que ya lograron todo. O casi todo.
El dilema, como señalamos antes, es sobre todo, existencial. Es intentar responder a una pregunta esencial:
¿qué quiero hacer con mi vida? El fútbol camina al lado. Pero el fútbol no llena todos los casilleros.
comentar