Luego de cada mundial parece perfilarse lecturas que habría que imitar. Con las selecciones sudamericanas fuera de las semifinales, se reinstaló en la Argentina que Europa expresa la verdad revelada del fútbol. Ya ocurrió en 1958 cuando la Selección cayó 6-1 con Checoslovaquia y se propagó la idea de que era indispensable reflejarse en un fútbol físico, cuando el campeón había sido Brasil. Ahora se repite la misma película, idealizando a los europeos

¿El desarrollo de Rusia 2018 permite plantear que el fútbol europeo vapuleó al fútbol sudamericano, como se suele escuchar en el ambiente? Si la mirada se enfoca solo en los resultados, la respuesta debería ser afirmativa. Los cuatro semifinalistas fueron europeos: Francia, Bélgica, Inglaterra y Croacia. Y el campeón del mundo saldrá de Francia o Croacia.

A partir de esta realidad, hace unos días fueron surgiendo explicaciones superficiales y oportunistas que, por ejemplo, sentencian que el fútbol argentino tendría que mirarse en el espejo dorado de los europeos para afirmar su crecimiento y renovación.

Si esta imitación reclamada no se concreta, se advierte que serán todas penurias, atrasos de toda índole y crisis interminables que terminarán de derrumbar lo poco que hay en pie.

El efecto demoledor del triunfo ajeno y de la decepción propia siempre genera confusiones y promueve la adhesión de los eternos confundidos que siguen comprando espejitos de colores con una perseverancia notable.

Ya en ocasión del Mundial de Suecia en 1958, después de la paliza que recibió Argentina al caer ante Checoslovaquia por 6-1, esa figura abstracta que es la prensa nacional interpretó que nos habían arrasado físicamente y que había que copiar las ideas y los métodos tácticos del fútbol europeo. Porque ese era el fútbol del presente y del futuro.

No asimilar esa lección nos iba a llevar al desastre. En lo que increíblemente no se reparó y se pasó por alto es que el campeón del mundo en Suecia 58 fue Brasil, alumbrado por Pelé, Garrincha, Didí, Vavá, Nilton Santos, Zito y Zagallo, entre otros.

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Brasil se impuso a partir de su talento. No por su exuberancia física. Ni por aplastar a sus rivales en base a un sistema táctico y a un despliegue monumental. Así, por su talento, también ganó el Mundial de Chile en 1962.

El Santos de Pelé, por su aprte, se consagró como el mejor equipo del mundo, sumando la Copa Libertadores de 1962, 1963 y la Intercontinental de 1962 y 1963, venciendo al Bénfica de Eusebio y al Milan de Gianni Rivera. El fútbol sudamericano, en definitiva, le pasaba el trapo al fútbol europeo.

Sin embargo, por aquellos años de esplendor y plenitud brasileña, el fútbol argentino seguía mirando a Europa como si fuese la verdadera cuna del fútbol moderno. Esta postura era alentada por los panqueques de antaño, enamorados de la potencia y velocidad europea, subestimando las extraordinarias consagraciones de Brasil, con una línea de fútbol inspirada, creativa y demoledora.

Brasil era por lejos el mejor, pero el ambiente colonizado del fútbol argentino (los brillantes periodistas Osvaldo Ardizzone, Dante Panzeri y Juan De Biase fueron algunas de las grandes excepciones) soñaba con parecerse a Europa.

Semejante grado de tilingueria y estupidez continuó su curso hasta que el Flaco Menotti asumió como entrenador de la Selección en octubre de 1974 y reivindicó la técnica sudamericana al servicio del ritmo y la dinámica que requería el fútbol mundial.

No había que mimetizarse con los alemanes, italianos o ingleses para ganar lo que se deseaba ganar. Había que jugar sin resignar nuestras características, que son las características centrales del jugador sudamericano. Y se ganó con esos argumentos el primer Mundial en 1978.

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A pesar de esas evidencias que recoge la historia, cada episodio desfavorable que se expresa en un Mundial, sirve para volver a instalar la idea de que somos inferiores, incapaces, débiles, permeables, vagos, indolentes, indisciplinados y sobre todo que nos quedamos aferrados al pasado, mientras que los europeos son vitales, ágiles, versátiles, funcionales, veloces, eficaces y dueños de una capacidad física a la que hay que rendirse. Otra vez las voces infaltables de los panqueques, pidiendo a los gritos que tenemos que ser como los europeos para no cultivar fracasos.

A 60 años de Suecia 58, cuando Brasil ganó su primera Copa del Mundo que Pelé pudo celebrar a sus 17 años, en Argentina se reinstala la mentira organizada. La mentira de plantear que el Viejo Continente expresa la verdad revelada del fútbol. Y que si queremos estar frecuentando esos caminos exitosos, es imprescindible imitarlos. Como si Francia y Croacia se hubieran consagrado finalistas en Rusia 2018 por revelar un fútbol despojado de técnica y caracterizado esencialmente por la potencia física.

Y no fue así. Francia y Croacia arribaron a este escenario por funcionamiento, técnica y talento para contragolpear y atacar. Aunque los oportunistas que están en todas partes pongan las fichas en otros casilleros. Y vuelvan a editar la vieja película de 1958. La película que engañó a varias generaciones.

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