Volvió a defraudar la Selección. Si el resultado fue pésimo para las aspiraciones de Argentina de clasificar a Rusia 2018, el rendimiento individual y colectivo no le fue en zaga. Se fue desvaneciendo con los minutos el equipo que conduce Jorge Sampaoli y hasta un cierto aire de resignación invadió el Monumental. Todo lo que Messi sigue sin poder resolver. La ausencia de algo tan intangible como el fuego sagrado

En las dos fechas que restan podrá clasificar de manera directa Argentina al Mundial de Rusia 2018. O podrá ganar su pase en el repechaje en el caso que entre quinta. Pero esas posibilidades no van a ocultar lo que hoy es inocultable: la mediocridad galopante que envuelve a la Selección. Mediocridad que atrapa a los jugadores. Con un técnico o con otro técnico. Con un sistema más defensivo o con un modelo más ofensivo. Con una línea de juego o con otra.

Acá lo que queda en evidencia es que al fútbol argentino le faltan cracks. Messi lo sigue siendo, aunque sus aportes sean decididamente deficitarios. Ante Venezuela, ¿qué hizo Messi? Poco, muy poco. Durante largos pasajes, casi nada trascendente. Y más allá de este Messi que no va al área rival a resolver lo que otros no resuelven, se perfiló la orfandad absoluta de Argentina para adueñarse de un partido que no podía dejar escapar. Pero lo dejó escapar denunciando sus zonas más oscuras, sus dudas, sus incapacidades y su ausencia de fuego sagrado para llevarse lo que en los papeles tenía previamente asignado.

Porque es cierto que hay partidos en los que no se encuentra ninguna luz, como por ejemplo le sucedió a la Selección en aquella lejana Eliminatoria de 1985 cuando perdía 2-1 frente a Perú y se le quemaba el rancho a Bilardo, a Maradona, a Julio Grondona y a todo el plantel. Pero apareció Passarella en el final, la paró de pecho y sacó el derechazo cruzado al segundo palo que recorrió la línea y Gareca de arremetida clavó el empate y la clasificación a México 86. Si fue merecido o no, realmente no importó. Si Argentina jugó bien, regular o mal, tampoco. Ahí, cuando parecía que el naufragio era inevitable, ese jugador monumental que fue Passarella inventó algo. Inventó un gol agónico. Cuando nadie, ni Diego podía inventar nada. Eso es fuego sagrado. Lo que no se compra ni se incorpora.

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Precisamente el fuego sagrado que esta Selección no tiene. Porque Messi tampoco tiene ese fuego sagrado. No está dentro de su repertorio. No goza de esa virtud extraordinaria que trasciende los relieves técnicos. Y los compañeros de Messi tampoco acreditan aquello que no se explica con demasiadas palabras. Es el aura de los grandes elegidos. De los tipos que en la urgencia extrema tienen algo más. Dan algo más. Regalan algo más.

Está agarrada con alfileres la Selección. Jorge Sampaoli pretendió renovar sus expectativas. Y no lo logró. Cambió jugadores. Sacó jugadores. Pero no se mueve la estantería. Las respuestas continúan siendo precarias, por encima de los 20 minutos iniciales avasallantes cuando al promovido Icardi le quedaron tres o cuatro pelotas de gol claras para definir y no definió. Después el equipo se fue desvaneciendo. Perdiéndose en la noche. Clavándose puñales. Y caminando por las paredes sin ninguna orientación.

Tiró todo lo que tenía sobre la cancha Sampaoli. Lo rodeó a Messi para que Messi sintiera que podría tocar y descargar al pie o al espacio. No ocurrió. Messi no apareció en la dimensión en que debería aparecer. Porque no determinó el rumbo del partido. No protagonizó el partido. Casi ni remató al arco, salvo en dos o tres ocasiones. Acompañó, pero él no está para acompañar, aunque lo haga bien. Él está para pintar la obra. Aunque sea una obra modesta. Pero pintarla con su zurda. No fue el caso.

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Si no es Messi el autor del desequilibrio, ¿quién entonces? ¿Di María? Arrancó con todo y como ya es costumbre debió salir promediando el primer tiempo por una lesión muscular. ¿Icardi? Perdió en todas las pelotas decisivas. ¿Dybala? Apenas algunas insinuaciones. ¿Lautaro Acosta? Las empezó bien y las terminó regular o mal. ¿Acuña? Entró por Di María y cumplió un buen desempeño. ¿Benedetto? Reemplazó a Dybala a 25 minutos del cierre y ni la tocó. ¿Pastore? Ingresó por Icardi y no hizo pie en el encuentro.

El saldo fue desalentador. No solo por el resultado que fue frustrante, sino por la producción individual y colectiva. Y sobre todo por lo que transmitió la Selección. Como si la invadiera un aire de resignación después de los primeros minutos. Sin intérpretes a la altura de las circunstancias. Y sin polenta suficiente para superar las adversidades del desarrollo de un adversario, sin dudas, menor.

Quedó a la intemperie Argentina. Subordinada al desconcierto. Y esperando que la salven los duendes y el fuego sagrado que hoy no tiene. Por eso que clasifique directo al Mundial o que llegue por la vía del repechaje no va a modificar nada sustancial. A la Selección la interpela la realidad.

Una realidad que la muestra en carne viva. Y muy lejos de cualquier certeza.

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