Claudio Borghi acusó a Jorge Sampaoli de vender humo con drones y cinco cámaras. La tendencia que impera en el fútbol actual se vincula a encontrar respuestas en el universo tecnológico. Los entrenadores se suman a ese carrousel para no quedar pegados a las fotos del pasado. Sobreactúan ser sofisticados para interpretar los misterios del juego ante la demanda frivolizada de la prensa y de los futbolistas.

"En un país donde se venden muchas cosas, Sampaoli vendió humo y ha cautivado a mucha gente con dos drones y cuatro o cinco cámaras”. Las declaraciones recogidas después del decepcionante 1-1 ante Venezuela, son de Claudio Borghi, muy reactivo con la presencia de Jorge Sampaoli como entrenador de la Selección argentina.

Los drones y todo el arsenal tecnológico que hoy utilizan los técnicos para capturar las adhesiones de los jugadores y de amplios sectores de la prensa muy sensibles a estas atracciones efectistas, no dejan de ser en realidad burbujas muy bien presentadas para audiencias confundidas o a punto de confundirse.

Por supuesto que Sampaoli no es el único que se sumó a esta movida. El técnico de Independiente, Ariel Holan, es otro. Y la lista no se detiene porque abarca a profesionales de todos los estilos y de todas las líneas. Con una puesta en escena más o menos sofisticada, todos o casi todos transitan por estos caminos.

¿Qué los empuja a los entrenadores a frecuentar y a mostrar sin reservas cual es la tendencia de trabajo que persiguen? En primer lugar está la necesidad de expresar en palabras y en hechos cotidianos que están muy conectados y vinculados con el universo tecnológico. Y que ese universo de dimensión inalcanzable les ofrece alternativas de superación y actualización personal que destinan a los planteles que conducen para enriquecerlos.

Esto es lo que les interesa promocionar a los técnicos. Su relación directa y fluida con el fútbol casi científico, aunque el juego del fútbol esté despojado de alardes científicos. No hay ciencia en una gambeta. En una pared. En un quite. En un movimiento colectivo. En un amague. En un freno. En un relevo. En un sistema táctico. En una estrategia más defensiva o más ofensiva. En un gol. Pero hoy nadie quiere quedar pegado como un profesional al que los años se le cayeron encima. Entonces sobreactúan.

¿Cuál es la sobreactuación? Se muestran como innovadores. Como sujetos capaces de incorporar a su plataforma de entrenamiento cualquier elemento que exhiba su modernidad y su adaptación a los nuevos paisajes. En definitiva, a mayor complejidad tecnológica, mayores pueden ser los beneficios mediáticos. No importa tanto si esto después se traslada o no a la cancha. Importa lo que genera. Lo que influye en los demás. En la prensa y por supuesto en los jugadores, rehenes como tantos otros de la revolución tecnológica, aunque esa revolución no los haga jugar mejor al fútbol.

Un técnico que no esté acompañado por esos aportes tecnológicos de última generación despierta ironías, chicanas y hasta descalificaciones de la aldea global del fútbol. Los jugadores, en este plano, están en primera fila. Se prestan gustosos a ese carrousel. Creen que las imágenes editadas les van resolver problemas y les van acercar soluciones en la dinámica irrepetible de un partido. E incluso valoran a los técnicos en la medida en que esos técnicos se respalden en esa logística.

Los entrenadores se suben a ese bondi con menos entusiasmo y perseverancia militante de lo que proclaman. Y en muchos casos venden lo que no sienten. Venden algo que no creen. Pero advierten que en las reglas no escritas del mercado actual no pueden desatender ese rubro. Porque es el rubro del show organizado. De la sobreactuación institucionalizada.

De allí a los drones surcando el cielo, a la superpoblación de cámaras, al software que mide lo que no vale la pena medirse, al control riguroso de los kilómetros recorridos por los jugadores y al montaje de un tinglado tecnológico de vanguardia, hay un solo paso. O ningún paso. Es el escenario del fútbol programado. Para que todos se sientan un poco más seguros. Y un poco más acompañados por el mundo virtual.

Pero es un verso. Un gigantesco verso. Los drones del fútbol son la punta del iceberg. El placebo que tranquiliza. Los entrenadores lo saben. Aunque no se atreven a desactivar el show.

Aparecen en esta nota: