Lo que no admite dudas es que Bielsa es un hombre de firmes convicciones. Y de respuestas inmodificables. No retrocede. No negocia. No articula estrategias políticas ni diplomáticas que condicionen sus deseos. No habla para congraciarse. No es cortesano con el poder de turno. Y, más temprano que tarde, choca. Una y otra vez. Choca. Y lo chocan. No resiste ni soporta Bielsa ese tipo adversidades. Hace las valijas y se despide. Aunque deje en el camino a muchos jugadores que aprecia y valora.
¿Siempre fue así? Siempre quiso ser así. Desde que se largó como técnico de la Primera de Newell's, hace ya 25 años, después de observar en detalle cada paso que daban Jorge Bernardo Griffa en juveniles y José Yudica dirigiendo al equipo profesional, brillante campeón en la temporada 87-88 y finalista de la Copa Libertadores en los cruces ante Nacional de Montevideo.
"Era una verdadera máquina de preguntar -nos dijo Yudica hace unos años, refiriéndose a Bielsa-. Preguntas, preguntas y más preguntas sobre fútbol, jugadores, movimientos, tácticas, decisiones, características y sobre todo lo que se le pudiera ocurrir. No paraba nunca. Así, siempre. La realidad es que rompía un poco las bolas. En alguna oportunidad cuando estaba dando una charla técnica lo descubrí escuchando lo que yo decía detrás de un armario. En ese momento la verdad es que no supe si era boludo o se hacía el boludo. Lo que le reconozco es su ética y su gran honestidad. Y sus ganas de aprender todos los días. Así lo recuerdo. Como un hombre muy apasionado".
Ese hombre apasionado como lo evoca Yudica, nunca logró bajarse de esa montaña rusa, aunque en varios pasajes de su vida y después de cada experiencia en una selección o en un club, prefirió alejarse por completo de cualquier tipo de exposición. Como un lobo solitario eligió un refugio para salir de escena hasta que consideró alguna propuesta de trabajo. Y volvió a empezar.
Cree en la palabra Bielsa. Y en el método, aún sin ser un laboratorista del fútbol. Y como cree en la palabra, también es un rehén de las palabras de los otros y de las propias. Ninguna expresión la pasa por alto. Ni los elogios ni las críticas. Las mide, las analiza, las calibra, las contempla o las desecha. Intenta, sin pausas, despojarse de su ego que no es menor. Porque es un perfeccionista que persigue ideales. Y un ecléctico que busca atrapar todos los misterios del fútbol que aún desconoce.
Así se construyó el hombre de 60 años que acaba de regresar a la Argentina luego de su desvinculación sorpresiva del Olympique. Y así trascendió. Siempre admitiendo la duda. Para saber un poco más. Nunca permitiéndose una claudicación, por más mínima que fuera.
En ese rol de outsider o de hombre que vive por afuera de las convenciones que impone la sociedad moderna, Bielsa se constituyó en un personaje admirado. No por lo excéntrico, sino porque su manera de conducir y proponerle a un equipo su idea, comunicar a la prensa y ocultar lo qué él considera que debe ocultarse, lo acercaron a los bordes de cierta vanguardia futbolística que se asfixia en la orilla.
Habría que confirmar que no tiene herederos Bielsa. Tiene exégetas que lo interpretan. Hasta en los sueños y las pesadillas que lo asaltan. Antes, durante y después de cada despedida.
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