Un sentido homenaje a Diego Armando Maradona, pieza fundamental del fútbol local.
Aquel domingo 30 de octubre de 1960, el pibe que recién había nacido en el hospital Eva Perón, de Lanús, empezó a llamarse Pelusa. Dicen los libros no escritos que recoge la calle que los pibes nacen con un pan abajo del brazo. Pelusa, en cambio, nació con una pelota debajo del pie zurdo. Así creció en el suburbio de Villa Fiorito. Siempre protegido por la pelota. Siempre sostenido por sus viejos, doña Tota y Chitoro. Fue un pibe pobre Diego. Si en la familia de Pelusa sobraba algo, no era precisamente la plata. Pero no le faltó lo esencial: el amor de su familia. Y el amor auténtico por el fútbol.

A 52 años de aquel domingo de octubre del 60, Maradona sigue representando la imagen viva del fútbol. El simboliza el fútbol. La belleza del fútbol. Y la épica del fútbol. Lejos estuvo y está de ser un hombre perfecto. No lo fue ni lo va a ser. ¿Quién lo es en definitiva? Se equivocó Diego en infinidad de ocasiones. Su mediática vida privada lo denuncia. Donde no se equivocó fue en la cancha. Allí, en ese territorio de 105 metros de largo por 70 de ancho, interpretó lo que interpretan los genios: entendió todo. Lideró y acompañó. Fue vanguardia y talento complementario. Fue duro y sensible. Y siempre se rebeló a la convención de los tibios de dejar todo como está. No dejó nada como estaba.

Lo suyo fue creación pura. Y la creación, a veces, también hace estragos. Las padeció largamente Maradona. Como los viejos héroes del rock que se flagelan y pierden. Por eso el verdadero escenario de Diego es inmutable: es él vestido de jugador. Desde que arrancó a los 16 años en la Primera de Argentinos hasta que se retiró a los 36 con la camiseta de Boca. Ahí, entre Argentinos, Boca, Napoli, Newell’s, Sevilla, la Selección y otra vez Boca, está la síntesis perfecta del hombre que siempre reivindicó la necesidad de jugar cada día mejor.

Después, quiso ser técnico. Y lo fue. Pero no parece ser su gran vocación. En todo caso es un consuelo. No denunció querer atrapar la profesión con la firmeza y convicción necesaria. Como si todavía estuviera abrazado por los fantasmas del jugador que fue. Entonces no estuvo pleno ni aún dirigiendo a la Selección. No encontró el otro horizonte. Lo buscó. Y lo sigue buscando. El pasado no lo condena. Pero el pasado es demasiado fuerte. Es que Pelusa es el jugador que todos quisimos ser.

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