Recordando la final entre Argentina-Chile por la Copa América, el técnico de la Selección, Gerardo Martino, apeló a una fuerte autocrítica respecto al planteo y admitió que "por neutralizar a Chile perdimos la naturaleza del equipo". La subordinación a los ritmos ajenos revela la dimensión del miedo como factor que condiciona, perturba y disciplina.
   El partido final del pasado 4 de julio que la Selección argentina disputó frente a Chile por la Copa América y perdió en definición por penales, todavía sigue jugándose. El entrenador Gerardo Martino afirmó la semana pasada que volvió a ver el encuentro y expresó cuál  fue su análisis: "Neutralizamos tácticamente a Chile, pero nos faltó realizar lo que veníamos haciendo en los compromisos anteriores, porque perdimos la naturaleza del equipo".

   La lectura y opinión de Martino a un mes y medio de aquel partido que para la Selección significó una nueva frustración, pone sobre la mesa los costos inevitables de subordinar los movimientos y las virtudes propias a la dinámica ajena. Lo dijo clarito el Tata en muy pocas palabras, aunque habló en plural cuando en realidad la decisión y la responsabilidad del planteo corrió por cuenta de él: "Perdimos la naturaleza del equipo".

   ¿Hubiera afirmado lo mismo si Higuaín en los minutos de descuento hubiera convertido el gol que tuvo servido en bandeja y sin embargo desaprovechó a pasos del arco por entrarle tarde y mal a la pelota en el segundo palo? Nadie lo sabe. Solo Martino lo debería saber. Lo que quedó en claro es que Martino asumió en una tribuna pública (en ESPN radio) el error que cometió a la hora de calibrar estratégicamente el partido y condicionar la apuesta de Argentina para intentar complicarle el ritmo y la circulación de la pelota a Chile.

   ¿Por qué suceden estas cosas? Por inseguridad y miedo. En definitiva, la inseguridad para manifestar lo propio y el miedo como factor anestesiante, siempre terminan operando como los grandes disciplinadores de la sociedad. Y en este caso también del fútbol.

   ¿Qué es lo que le despertaba inseguridad y miedo a Martino? Sin dudas, perder la final de la Copa América frente a Chile. Por eso interpretó que tenía que cambiar. No de nombres. Sí de idea. Y promovió el cambio (esperar y contraatacar) que ahora, por supuesto, no reivindica. Igual la historia certifica que Argentina aquel sábado 4 de julio de 2015, se quedó con las manos vacías. Lo peor es que Martino perdió traicionando lo que siempre pregonó: su convicción que mostraba como una bandera. Y esta es la peor derrota. La que más duele. La que más perturba. La que más se recuerda. La que no se olvida.

   El caso testigo de Martino, naturalmente, trasciende a la figura de Martino. Porque responde a la institucionalización del miedo. Y a todos sus fantasmas que siempre parecen tan amables, tan cordiales y tan seductores.

   Precisamente, este River de Marcelo Gallardo atravesó las puertas de sus limitaciones futbolísticas porque viene jugando despojado de miedos. Y si los tiene, porque todos los tienen, no los evidencia. Esto es lo que transmite el equipo. Y lo que transmitió en los últimos doce meses, sumando cuatro consagraciones que para su manager Enzo Francescoli no estaban en los planes.

   Por eso, porque no revela tener miedo, parece atravesar las dificultades. Y someterlas, aún sin denunciar una superioridad individual o colectiva muy específica y rotunda. La superioridad es mental. Es anímica. Esa es la ventaja. Y es lo que suele denominarse en la vereda de los lugares comunes del ambiente del fútbol como fuego sagrado. Lo que por otra parte hoy, por ejemplo, le falta a Boca, más allá de los triunfos ocasionales que pueda abrazar bajo la influencia de Carlos Tevez.

   Regresando a Martino, quedó en claro que en la última pulseada, en el último desafío, en el último partido, no creyó en lo que venía haciendo. O creyó hasta ahí. Después, en la circunstancia decisiva frente a Chile, claudicó. Agrandó a Chile. Que de por sí estaba muy agrandado. Le puso encima más fichas de las que correspondían. Y le sacó fichas a Argentina hasta debilitarla en el plano de la iniciativa, las búsquedas ofensivas y la ambición.

   No fue menor la claudicación de Martino en un momento clave. Y él no lo debe subestimar ni relativizar. Quizás por eso y no por otra cosa volvió a recordar el desarrollo del partido. Y a ejercer una dura autocrítica.

   Es cierto, de esas heridas del pasado algo se aprende. Siempre y cuando el miedo se quede afuera de todo.          
  
      
      
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