¿Hoy Lionel Messi es imprescindible para la Selección que por el momento conduce Lionel Scaloni? No. ¿Y en el futuro? No se sabe. Los hechos sentencian que Messi fue tanteado por Scaloni (“Hablé con él y no va a venir, por ahora es lo mejor”, dijo el técnico) para ser convocado a los partidos del jueves 11 de octubre ante Irak y el martes 16 frente a Brasil en Arabia Saudita. Y la respuesta no confirmada con palabras públicas por el astro del Barcelona fue patear la pelota hacia adelante. Y esperar. Y hacer esperar a los que tiene cerca.
¿Qué espera Messi? ¿Qué la AFA confirme a un entrenador que reemplace el interinato de Scaloni? ¿Qué el colapso de la Selección que él integró en Rusia 2018 se siga enfriando en la medida en que transcurra el tiempo? ¿Qué haya una especie de clamor del ambiente del fútbol argentino pidiendo por su presencia? ¿Que esta nueva Selección se vaya afianzando y revele una idea clara del fútbol que pretende construir? ¿O demorar largamente una respuesta porque no tiene decidido que es lo que quiere hacer?
Las preguntas o los interrogantes pueden extenderse. Y abarcar distintos escenarios. Desde los existenciales hasta los relacionados con ciertos paladares futbolísticos. Pero la realidad es que Messi a sus 31 años, en el plano de su vínculo con la Selección no abre la boca. Aquellos que se especializan en interpretarlo o en hacer una exégesis de su pensamiento, vienen repitiendo desde hace años que se desvive por la Selección. Y que daría lo que no tiene para ganar lo que todavía no ganó con la camiseta argentina.
Por supuesto, no dejan de ser observaciones periféricas y muy cortesanas. Y muchas de ellas, voluntaristas. Es verdad que Maradona también expresó después de la final ante Alemania en Italia 90 que abandonaba de manera definitiva la Selección. Pero volvió bajo la conducción de Alfio Basile el 18 de febrero de 1993 ante Brasil en el estadio Monumental y jugó a los seis días frente a Dinamarca en Mar del Plata, obteniendo la Copa Artemio Franchi en definición por penales.
A los pocos meses, se vio afuera de la Selección en la Copa América que Argentina ganó en Ecuador y en las Eliminatorias inmediatas a esa consagración largó una bocanada de fuego y exclamó: “Basile se emborrachó con dos Copas América”.
Hasta que el 5-0 de Colombia el 5 de septiembre del 93 avivó otras llamas y otras urgencias y Julio Grondona influyó de manera rotunda para que Basile lo convocara a los dos partidos del repechaje ante Australia. Después, otro aparente abandono de la Selección en el arranque del 94, otro regreso caracterizado como imposible en USA 94 y el doping fulminante que derrumbó todo.
¿A qué viene este recuerdo de Maradona y sus idas y vueltas con la Selección? A las idas y vueltas que también está denunciando Messi por distintas circunstancias y contextos que caminan por afuera del territorio intransferible que exploró Diego. Pero que entre tantas diferencias tienen un punto en común: la necesidad de ambos de sentir que son irreemplazables. Que son únicos. Y que están más allá de cualquier consideración critica.
Si se veía y se ve Diego como un auténtico Dios del fútbol, Messi no profesa ese mismo diseño exhibicionista, pero esa sensación de ser el número uno del mundo (aunque Luka Modric haya sido elegido por la FIFA como el mejor jugador de la última temporada) también pesa a la hora de las pequeñas y grandes decisiones.
La gran decisión que se debe plantear Messi es cuando y como volver a la Selección. En qué condiciones regresar. Como un fenómeno incomparable al que hay que abrirle todas las puertas o como un jugador destacadísimo, pero lejos del poder inequívoco e indiscutible que ostentó hasta el 4-3 de Francia sobre Argentina en Rusia 2018.
Si no será sencillo para Messi elaborar con absoluta armonía la posibilidad concreta de otro regreso, tampoco será sencillo para un técnico de la Selección (sea Scaloni o el que lo suceda) contar otra vez con el genio del Barça e insertarlo en el equipo de la noche a la mañana como si fuera un paracaidista.
Ya se comprobó en repetidas oportunidades que Messi no es Gardel en la Selección. Que no gana él solo los partidos cruciales a favor de raptos de inspiración incontenibles. Y que su ausencia, más corta o más prolongada, no genera una conmoción ni una desazón notable en los hinchas argentinos.
Estos episodios no menores, Messi tampoco los debe desestimar. Y sus dudas quizás son las dudas que atacarían a cualquiera. Hasta ahora queda en claro que el círculo virtuoso de Messi con la Selección no se cerró. Qatar 2022 se ve muy lejos. Aunque como diría el malogrado poeta y cantante brasileño Cazuza, el tiempo no para.
comentar