Hubo que esperar tantos años que era imposible prohibirle al pueblo argentino salir a festejar. Apenas se arrodilló Lionel Messi, una vez que el árbitro Esteban Ostojich dio por finalizado el partido, los abrazos de los jugadores argentinos en el Maracaná se replicaron en todos los hogares argentinos. Y enseguida la gente salió a celebrar, con banderas y bocinas gritando al máximo, y, obviamente, viajando al obelisco.
Festejos por aquí, festejos por allá, festejos de los privilegiados en el Maracaná. Una alegría imborrable en un momento complicado. Una caricia al alma para todos.
La gente se tomó un respiro y desató toda su felicidad, casi la misma que la de los jugadores.
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