Jugó siempre emprendiendo la hermosa aventura de la creación. Más allá de aciertos y errores, interpretó con una naturalidad y calidad sorprendente el rol del hombre que está allí para dejar algo muy valioso y perdurable que fue inspiración para varias figuras del fútbol

En su despedida, habría que decir que Amadeo Carrizo no imitó a nadie. Todos lo imitaron a él. Aun sin saber exactamente quien era Amadeo. O que representaba. O que estilo cultivaba. O como atajaba. Aunque él prefería trascender la atajada, jugando. Como, por ejemplo, sostenía y sostiene el Loco Gatti, compañero de Amadeo en aquel River de los 60.

Esa figura de arquero anticipador que leía a distancia cuando y como tenía que intervenir, encontró en ese tipo entrañable que fue Amadeo el perfil y el diseño de un verdadero creador que se enfrentó a la ortodoxia del puesto y a los defensores radicales de esa ortodoxia. Algo así como lo fue Astor Piazzolla para los tangueros más tradicionales. Y tal vez más recalcitrantes.

Lo hacía todo con naturalidad, Amadeo. Sin sobreactuaciones. Sin esfuerzos extravagantes. Sin sofisticación al cohete. Sin venta de humo, tan extendida en estos tiempos exhibicionistas. El se veía como el último hombre del equipo que integraba. No como el arquero que solo participa para descolgar un centro o para tapar un mano a mano. No. Esa idea del “arquero boludo” que se protege con las manos para quemar la ilusión de un gol ajeno, no formaba parte de la libre interpretación de Amadeo.

Por eso fue un auténtico creador hasta quizás sin pretensiones de serlo. Un creador que por supuesto hizo escuela. De allí, de esa influencia, de esa inspiración aparecieron Néstor Errea, el Flaco Alberto Poletti, Hugo Gatti, Navarro Montoya, Angel David Comizzo, el Mono Burgos y tantos otros de menor relieve que lo vieron, lo imaginaron y lo imitaron con más o menos éxito.

Nunca sacó chapa Amadeo. Nunca pasó facturas, aunque a él le pasaron varias, como la boleta histórica que le facturaron a Argentina los checoslovacos en el Mundial de Suecia 58. Hasta lo marcaron como un chivo expiatorio. Y debilitaron su autoestima. Pero se sobrepuso. A los ignorantes siempre presentes y a los reaccionarios nunca ausentes.

Tuvo su revancha gloriosa en la Selección con la conquista de la Copa de las Naciones en 1964, cuando Argentina en Brasil derrotó a Portugal 2-0, a Brasil con Pelé incluido 3-0 (esa noche le atajó un penal a Gerson) y a Inglaterra 1-0. Fue la despedida de Amadeo de la Selección, aunque continuó actuando para su amado River, aunque en varias ocasiones reivindicó su admiración por Independiente, por el arquero Fernando Bello y por el paraguayo goleador Arsenio Erico.

Parece una frase hecha, pero la verdad es que Amadeo era un tipo sin maldad. Sin rencor. Sin envidias. Sin celos. Lo conocimos en algunos encuentros furtivos cuando él ya había abandonado el fútbol. Esa onda de calidez y bienestar que siempre transmitía a la hora de hablar y de intercambiar opiniones, siempre nos pareció una actitud que supo reflejar en la cancha. Aun en la derrota. Aun en el dolor. Y aun cuando algunos de sus rivales (el brasileño Paulo Valentim, Angel Clemente Rojas y el Nene Sanfilippo, por citar a algunos) trataron de irritarlo y desenfocarlo para sacarle alguna ventaja.

Amadeo no los esperó para cobrarse alguna cuenta pendiente. Solo al Beto Menéndez, quien en el 65 jugaba para Boca, después del partido y camino al vestuario le metió un piñazo en el pómulo. El Beto había sido su compañero en River y lo venía gastando sin pausas. Hasta que Amadeo luego de esa caída por 2-1 ante Boca que postergaba a River en la lucha por el campeonato, en la Bombonera se disfrazó de boxeador.

El legado que dejó no se puede medir ni establecer. Igual que todos los legados. Está por afuera de las dimensiones estadísticas. O incluso de las sensaciones. Es el legado de su talento. De su aura de jugador que atrapó la postal de un crack. Porque fue un crack que perforó los límites de un arquero. Por eso perduró su presencia. Por eso su nombre definió una función. Decir Amadeo es decir un arquero completo. Como decir Diego es decir un diez en plenitud.

La gratitud del fútbol hacia el Maestro Amadeo debe ser total. Como el futbol total que denunció interpretando el juego.

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