En tránsito hacia el primer paso de la Selección ante Colombia, es oportuno ir calibrando las necesidades reales del equipo de Scaloni y la búsqueda de no instalarse como un favorito, aunque lo siga siendo    

En una entrevista reciente pareció transitar por cierta ambigüedad Lionel Messi a la hora de definir las posibilidades de la Selección en Brasil: “No somos candidatos como otras veces, pero igual vamos a ir a buscar la Copa América”.

Ese puñadito de palabras del astro del Barcelona pueden vincularse de manera directa con lo que manifestó el entrenador de la Selección, Lionel Scaloni, en los primeros días de mayo de este año: “La realidad es que es difícil decir que Argentina es favorita en la Copa América. Y tampoco que no es favorita. Hay una sensación muy rara en ese sentido. Tenemos que ir calmados, con humildad, compromiso y amor propio. A partir de ahí vendrán cosas mejores. Vamos a dar pelea”.

En plena vigilia al debut de Argentina este sábado frente a Colombia en Salvador de Bahía, la sintonía fina entre Messi y Scaloni en la lectura sobre las chances de la Selección, van en una dirección inequívoca: no asumir de manera rotunda que Argentina tiene la necesidad de reconquistar la Copa América que ganó por última vez en 1993 en Ecuador, con Alfio Basile de técnico.

Intentar despojarse de favoritismos es una estrategia (¿quizás inocente?)que busca calmar o diluir pretensiones triunfalistas. Pero el gran problema es que no refleja la realidad. ¿Cuál realidad? El mandato cultural que viene proyectado desde los confines de la historia revela que Argentina es gran candidato en cualquier competencia que dispute. Como lo es Brasil, Alemania e Italia, por citar algunos casos testigo. Esto lo registra algo tan objetivo y contundente como las estadísticas del fútbol mundial. Está escrito y confirmado en los hechos, más allá de las decepciones que en muchas oportunidades sorprenden y desilusionan.

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Opinión | ¿A quién le interesa la Selección?

Desactivar o romper esa dinámica que divide al universo del fútbol en candidatos y simples participantes que acompañan, forma parte del voluntarismo. Todos los que frecuentan el fútbol no desconocen quienes son los que van a ir a ganar una Copa América o un Mundial y quienes van a sentirse satisfechos por el solo hecho de hacer un buen papel decorado con producciones interesantes y aceptables resultados.

Como suele resignificarlo el Flaco Menotti (Director de selecciona nacionales) en cada competencia internacional, Argentina siempre está y estará en el lote de los eternos candidatos. Quiera o no quiera integrar ese grupo. Pero juega ahí. En esa liga de potencias indiscutibles. Esas medallas simbólicas y en algunos casos reales no se las saca nadie. Es el peso de su camiseta en cualquier circunstancia y en cualquier escenario, por encima de los distintos contextos. Y esto es intransferible.

Por supuesto que no significa que tiene que saturarse de presiones propias y ajenas en el marco de las demandas externas que también son mediáticas. Una cosa son las responsabilidades y otras las presiones desproporcionadas.

Atenuarlas y generar un microclima de contención es una especie de mecanismo de defensa o instinto de conservación para protegerse del show que imponen los medios y en especial la TV. Está claro que la Selección con la presencia de Messi y del Kun Agüero se adjudica el rol de actor protagónico de la Copa América. Igual que Brasil, aun sin Neymar. Negarlo es negar lo irrefutable.

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