El nuevo ciclo del entrenador en el club de Avellaneda arrancó con problemas futbolísticos de altísima complejidad, que incluso trascienden los malos resultados obtenidos y se expresan en un equipo completamente impotente y desorganizado

Ariel Holan terminó muy mal en Independiente. Sebastián Becaccece empezó igual o peor. El equipo que conduce desde hace dos meses y medio parece totalmente atrapado por el desconcierto. Y lo está. Lo denunció con claridad absoluta en la reciente derrota del lunes por 3-0 ante Estudiantes, cuando reveló una imagen colectiva que acarició el desastre.

Había llegado Beccacece con el antecedente de su buen desempeño en Defensa y Justicia, cuando le peleó mano a mano la Superliga a Racing hasta la penúltima fecha. Aquel equipo de Defensa mostró un funcionamiento. Este equipo de Independiente no muestra nada. No hablamos de un funcionamiento, porque el entrenador puede plantear con razón que hace muy pocas semanas que está a cargo del plantel. Hablamos de una idea aunque sea incipiente. De cierto orden. De una búsqueda futbolística que comience a expresarse. De algo, en definitiva, que sirva como un plan orientador para proyectar en el futuro inmediato.

La respuesta por ahora es categórica: Independiente todavía no llenó ni de casualidad ningún casillero. Es un equipo al desnudo que no sabe qué quiere hacer. Y no termina haciendo nada en especial. Ni defender bien ni atacar bien. Porque defiende pésimo y ataca con una precariedad de recursos alarmante.

Si el equipo luce confundido y perdido en la cancha, Beccacece luce igual. Confundido. Y perdido. Como si no tuviera en claro que idea de juego pretende conquistar. Porque la idea no puede ser lanzar bochazos frontales e inútiles desde el fondo después de tocar la pelota sin ninguna convicción, casi siempre lateral o hacia atrás.

Si eso delatara un perfil, es el de la más pura impotencia, con jugadores que hacen los deberes. ¿A qué nos referimos con hacer los deberes? Con la subordinación al técnico. Con querer quedar bien parado frente al entrenador. Con intentar replicar lo que de alguna manera el técnico les pide durante la semana. Que por supuesto no es jugar mal. Pero es jugar a partir de una sobreactuación táctica. Cumplir con la táctica. Afirmarse en la táctica. Pensar en los movimientos tácticos como un registro fundamental.

Cuando ocurre esta distorsión y se ubica a la táctica por encima del juego, los protagonistas resignan todas las iniciativas, instalándose el temor a equivocarse. Y se mueven en el campo como obedientes piezas intercambiables. Se encuentra en esta etapa Independiente. De altísima complejidad. Porque el miedo al error produce el error. Y el equipo se va transformando en una suma de errores individuales que se propagan en cadena, como, por ejemplo, ocurrió frente a Estudiantes, en una producción que nadie puede subestimar o relativizar.

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Lo que también expone la desorientación conceptual de Beccacece es postergar a Pablo Pérez. No porque Pérez sea un super crack. No lo fue nunca ni lo será. Pero tiene algo que no abunda: juego. Y además tiene recuperación y capacidad para meter buenas habilitaciones y para llegar a posición de gol. El técnico, sin dudas, no lo tiene entre sus preferidos. Por eso suele mandarlo al banco con distintas justificaciones: para preservarlo, porque no lo ve entero, porque jugó hace tres días en la altura o en el llano o porque considera que no sería la mejor opción ante las características del adversario de turno. Mentiras piadosas. O mentiras sin piedad.

La realidad es que para Beccacece, Pérez representa un problema. Más bien que no lo va a decir en estos términos. Y es probable que de cara a las dificultades no menores por las que transita Independiente, Pérez juegue el sábado ante Colón desde el arranque. Pero está claro que no es una individualidad sensible al paladar del entrenador. ¿Por qué? Tendría que explicarlo Beccacece, aunque no lo va a explicar. La sensación que nos queda es que el técnico interpreta que Pérez puede manejarle el equipo, trascendiendo la táctica que él diagramó. En técnicos permeables a la inseguridad, como lo es Beccacece, esta posibilidad le resulta perturbadora e inaceptable.

Pérez, por personalidad, puede ser líder. O referente como se dice ahora. Y Beccacece no parece bancarse estas ascendencias. Quiere ser él, el único líder. Se equivoca. Cualquier entrenador necesita a jugadores influyentes en la dinámica de un plantel. Jugadores con carácter, que no significa cultivar rebeldías insustanciales. Significa tener peso dentro y fuera de la cancha.

Como Beccacece adopta otro pensamiento, lo que hace es debilitar a Pérez. Y lo saca. Lo reemplaza. Lo posterga. Hasta que ardan las velas. Más bien que las graves deficiencias que denuncia Independiente van mucho más allá de la presencia o no del ex volante de Boca y Newell’s. Son deficiencias que se vienen profundizando desde el arranque de esta gestión con el 1-0 ante Universidad Católica de Ecuador.

Desde ahí en adelante (6 partidos, 3 triunfos, 3 derrotas, 6 goles a favor, 8 en contra), la foto de Independiente fue negativa. El exceso de celo para cumplir indicaciones que tampoco fueron productivas, le quitó al equipo la dosis indispensable de soltura y frescura que siempre necesita el fútbol.

Está en el medio del baile Beccacece. Pero no se sabe dónde está parado. Y habrá que ver que habilidades tiene para bailar en la adversidad. Porque en la bonanza todos bailan bien. El tema no pasa solo por encontrar un funcionamiento. Sino por encontrar una mínima armonía futbolística para juntar todo lo que hoy está disperso.Porque el equipo en su totalidad está disperso. Y cada uno (los que recién llegaron y los que ya estaban) juega menos de lo que puede jugar. El resultado es evidente. Y Beccacece como conductor, tiene responsabilidades intransferibles. Aunque no tenga ninguna sartén por el mango.

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