Dos ráfagas, dos flashes y dos resoluciones ofensivas agónicas y demoledoras que parecieron estar fuera de contexto, determinaron la victoria del equipo brasileño en la final de la Copa Libertadores, quemando las ilusiones del equipo que conduce Marcelo Gallardo.     

Era de River, fue de Flamengo. Era de River en el desarrollo y en la chapa parcial del resultado. Fue de Flamengo cuando ya parecía que estaba casi todo cocinado. Era de River porque Flamengo no tenía frescura ni ingenio para perforar a Armani. Pero esto es fútbol. Y no una ciencia exacta que brinda certezas.

Sobre el final, Gabigol tuvo dos intervenciones determinantes. Y selló el partido y coronó al equipo carioca como el triunfador de la Copa Libertadores, luego de aquella conquista muy lejana de 1981 cuando con Zico, Junior y Leandro vencieron al Cobreloa de Chile en el estadio Centenario.

Este Flamengo era el candidato de las mayorías. El candidato del ambiente. Estaba por encima de River en la ruleta de los pronósticos que pretenden anticipar lo que nunca se puede anticipar. Flamengo acreditaba esa ventaja. Que en realidad no es tal. Y que se observó durante el partido. Porque no respaldó el favoritismo que lo distinguía, aunque finalmente se haya quedado con una victoria inolvidable.

River de ninguna manera fue inferior a Flamengo. Por largos pasajes fue superior. Porque le jugó al Fla como hay que jugarles a los equipos brasileños: haciéndoles sentir el rigor. Que no significa apelar a las intimidaciones y violencias. Sino encendiendo el fuego. Asfixiando. Mordiendo. Y haciendo acto de presencia en cada metro cuadrado de la cancha.

Hace unos años, el inefable Loco Gatti nos dijo en ocasión de un partido de la Selección frente al scracht algo que recordamos: “Los brasileños tienen el mejor fútbol del mundo, pero ojo que contra nosotros se cagan. No les gusta la clase de partidos que les proponen los argentinos”.

Se refería Gatti a jugar sin darles un centímetro. Sin regalarles un espacio mínimo. Y esto fue lo que hizo River con una gran aplicación y concentración, desarticulando los circuitos de fútbol que suele armar el Fla en la zona de elaboración. Circuitos que nunca alcanzó a construir, en relación al potencial que se le reconoce.

Por eso era de River la final. Porque había padecido muy pocos sobresaltos. Uno o dos a lo sumo. Porque incluso en los momentos desfavorables que fueron muy pocos, denunció que estaba en condiciones de desequilibrar en ataque. Pero le soplaron el triunfo en dos maniobras fuera de contexto. En las dos apareció el promocionado Gabigol (expulsado junto con Palacios en el descuento), primero para tocar suave de zurda ante el arco vacío y luego aprovechando un error compartido entre Pinola y Martínez Quarta y clavar el bombazo decisivo frente al achique infructuoso y desesperado de Armani.

En estos casos, las explicaciones tácticas están de más. River no cayó por problemas tácticos. Ni por cuestiones atadas a la estrategia. Perdió porque Flamengo supo aprovechar al máximo las posibilidades que se le presentaron. Y esta virtud, siempre muy vinculada a la contundencia que expresan los jugadores brasileños, no admite demasiadas especulaciones o conjeturas.

Es el valor supremo que está inscripto en las resoluciones ofensivas. En este sentido, los brasileños siempre les sacaron ventaja a los futbolistas argentinos. Como si fueran más precisos, más quirúrgicos y más letales cuando hay que definir. Y no es nuevo este escenario. Siempre existió. A nivel de clubes y a nivel de selección.

River perdió en esa ley no escrita pero muy fundamentada. Ahogó al Flamengo durante 89 minutos. Le quitó los espacios. Pudo aumentar después del gol de Borré a los 15 minutos del primer tiempo, pero no encontró el toque perfecto y la jugada perfecta. Entonces calibró la temperatura del partido sin meterse atrás. Manejando en general el ritmo y la salida, aunque en el último cuarto de hora sintió en las piernas y en los pulmones el desgaste que había efectuado.

Igual, no se veía que el Fla estuviera para conectarse con la hazaña. No se veía el vendaval brasileño, aunque ese viejo conocido que es Diego (apareció en el Santos en 2003 junto a Robinho) parecía darle algo de toque con una velocidad apreciable en las descargas.

Sin embargo, llegaron los dos mazazos. Uno a continuación del otro. Fulminantes. Sorpresivos. Inapelables. Tan fulminantes, sorpresivos e inapelables que el Flamengo no lo imaginaba ni en la mejor película que podía editar.

Se le escurrió de las manos a River. Reproches siempre hay. Más finos o más gruesos. Más atendibles o más delirantes. Lo real es que le metieron la mano en el bolsillo cuando se preparaba para saborear otra conquista. Flamengo no peló credenciales de gran equipo. Para nada. Pero encontró algo de luz en ese cono de sombras que lo aniquilaba y se quedó con el tesoro y con la chica de los sueños.

Era de River, decíamos en el arranque. Fue del Fla. Y también del resentimiento inevitable que por supuesto revela Boca.

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