La caída 1-0 en Quito, más allá de la frustración en la Copa Sudamericana, revela que la ausencia de calidad individual para resolver situaciones favorables frente al arco rival se paga al contado rabioso y sin atenuantes  

Concretada la eliminación el pasado martes en cuartos de final de la Copa Sudamericana en la altura de Quito (2800 metros sobre el nivel de mar), no se puede ocultar lo que se visibilizó claramente durante el desarrollo del partido: Independiente no tiene jerarquía individual en sus hombres de ataque.

Sebastián Beccacece declaró pocos minutos después de la derrota que “no tuvimos eficacia y lo que pasó se explica por la falta de contundencia, porque tuvimos situaciones para ponernos en ventaja”.

Las palabras del entrenador de Independiente son inobjetables. Lo que no dijo, porque no lo podría decir, es que esa notable falta de eficacia y contundencia ofensiva no es atribuible a factores circunstanciales o relacionados con las dificultades que siempre provoca actuar bajo los efectos de la altura.

El problema es de calidad. De ausencia de calidad para tomar buenas resoluciones. Y esto no es responsabilidad de Beccacece. Esto es responsabilidad de los jugadores que protagonizaron las opciones para desnivelar y las despilfarraron.

En este rubro, hay que ser muy claro y puntual: las ocasiones de gol que durante el primer tiempo tuvieron en el área de Independiente del Valle, Francisco Pizzini, Sebastián Palacios y el paraguayo Cecilio Dominguez (la inversión de 6 millones de dólares por el 70 por ciento de su pase de ninguna manera se justifica), solo encontraron resistencia en la ineptitud para definir llegadas que en el segundo tiempo no se repitieron.

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El Independiente de Beccacece perdió con Independiente del Valle y quedó eliminado de la Copa Sudamericana

Un nivel de ineptitud específica que, por ejemplo, en Pizzini no es ninguna novedad. Forma parte de su equipaje desde que debutó en la Primera de Independiente. Por supuesto que Pizzini no es el culpable de la derrota. Pero hay situaciones de gol que no deberían malograrse de forma tan grosera y evidente.

Detrás de él; el resto de los jugadores que en la primera etapa encontraron tiempos y espacios para desequilibrar. Y no lo hicieron. Lo mismo le cabe a Martín Benítez, reemplazando a Domínguez casi en el comienzo del complemento. Dispuso casi sobre el cierre del encuentro de una chance entrando al área por la derecha y en lugar de rematar al arco tomó la decisión de ir hasta el fondo y habilitar a un fantasma en una maniobra incomprensible.

Fueron estos episodios muy mal interpretados los que terminaron dejando a Independiente eliminado de la Copa Sudamericana. No hablamos de chivos expiatorios. O de superficialidades anecdóticas. Hablamos de hechos que nadie puede desconocerlos. Faltó eficacia porque falta jerarquía individual.

Sin jerarquía individual cualquier relieve colectivo queda distorsionado. Porque los aportes tienen que ser parejos para que se adquiera un perfil convincente. En Independiente esos aportes (los ofensivos) fueron demasiado mediocres. Y el equipo pagó con creces esa debilidad.

¿Deja alguna lección esta caída de Independiente en Quito? La lección en estos casos es la de siempre: en la instancia determinante de cada jugada, todo depende del conocimiento genuino o adquirido de cada jugador. No talla el técnico en ese momento. No influye. Si alguien pone mal el pie para pegarle a la pelota en un mano a mano o elige peor en otra circunstancia, es una cuestión que revela lo que no tiene. Y lo que muy dìfícilmente pueda conquistar.

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